Lo sublime: el vertigo de lo infinito.

El presente texto parte del concepto de lo sublime en función de Chantal Maillard en La razón estética y su relación con Kant: lo bello y lo sublime. Maillard afirma que la infinitud se refiere al poder de la naturaleza, ante el cual las fuerzas del individuo son mínimas. El sujeto que experimenta terror ante el peligro de su destrucción habita lo sublime como aquello que, siendo infinito, permite la idea de libertad interior. La inmortalidad o lo infinito le impide al sujeto trágico ser héroe y por eso Dios, aquel estandarte del reino de la inmortalidad, había de ser destruido. Salvaguardar al individuo requería el sacrificio de la idea de la eternidad de la vida humana, de la vida con su muerte, la vida interiorizando toda su muerte integrando dialécticamente toda, la negación, su propia negación, su finitud[1].

En el caso de lo bello, dice Kant, nos encontramos con objetos que parecen complacernos casi de manera inmediata, objetos que nos hacen sentir, aunque sea momentáneamente, que hay una continuidad entre nosotros y el mundo. Esta continuidad se presenta en un espacio muy particular, donde no ejerzo ninguna violencia contra el mundo, ni el mundo ejerce ninguna violencia contra mí: no hay allí ninguna relación de dominio, sino una situación de apertura completa; una situación que Kant llamará “desinterés” y que será fundamental para la reflexión estética posterior[2].

Mientras que éste es el caso de lo bello, sin embargo, tal no es el caso de lo sublime. En la experiencia de lo sublime el mundo se presenta justamente como algo que violenta mi sensibilidad, que la amenaza o la hace sentirse incapaz de aprehender lo que se le presenta: desde un océano inalcanzable con mi mirada, que hace a mi imaginación sentirse absolutamente incapaz de comprender esa infinitud (lo que Kant llamará lo “sublime matemático”), hasta una tormenta en el mar o una avalancha en la nieve, que atemorizan mi sensibilidad (lo que queda nombrado en Kant bajo la categoría de lo “sublime dinámico”).

Mientras más violentadas se sientan mis facultades sensibles, pienso, más sublime será la experiencia de la finitud. Lo infinito sin su ropaje teológico. La razón sin la posibilidad de imaginar todo. La contradicción como una experiencia sublime que en medio del terror, en medio del dolor, la amenaza de la muerte, no obstante, es una fortaleza: sublime.

[1] Maillard, Chantal. La razón estética / Chantal Maillard. Barcelona : Laertes, 1998

[2] Kant, Immanuel. 1992 [1791]. [CJ] Crítica de la facultad de juzgar. [Traducción de Pablo Oyarzún]. Caracas: Monte Ávila.

Texto base:
Desde el umbral de las palabras: sobre lo sublime a partir de Pseudo-Longino*/From the Threshold of Words: Regarding The Sublime by Pseudo-Longinus

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