Notas de la ciudad hojaldre: la sociedad sociológica.

La ciudad hojaldre.

Notas:

Desde sus inicios la sociología en encaminó esfuerzos para intentar comprender los caracteres originarios de la modernidad; pronto descubrirá que estaban escritos sobre las ciudades.

Sus origénes se remotan a mediados del siglo XIX, cuando aparecieron los primeros escritos de Karl Marx y Friedrich Engels. Si bien en un principio la teoría marxista se centro en el conflicto campo-ciudad, pronto se reorientó hacia las consecuencias que el proceso productivo capitalista tenía en la vida cotidiana del proletariado urbano.

La ciudad se convirtió en el escenario de la lucha de clases y el pensamiento marxista recondujo los hechos urbanos hacia los motivos que le interesaban: la relación con el mundo del trabajo y la producción, y la actividad social como enmascaramiento de la lógica político-económica del sistema.

En este encuadre, la ciudad fue denunciada como una “superestructura”, es decir como una interpretación ideológica del mundo que tendía a justificar el orden social capitalista y ocultar la realidad que imponían sus condiciones de producción. Como respuesta a esta supuesta tergiversación, el marxismo postuló que era necesario ejercer sobre ella una critica social para revelar su verdadera identidad.

A partir de esta máxima se desarrolló la visión sociológica de la ciudad. En el siglo XX las aproximaciones de Georg Simmel, Max Werner, Max Weber, Walter Benjamin y la Escuela Ecológica de Chicago la enriquecieron con componentes no estrictamente productivos – política, personalidad, psicoanálisis, etc -, en tanto que datos culturales igualmente importantes para entenderla. Estos discursos compartían el reclamo marxista de desenmascarar la superestructura, lo cuál impregnó la crítica social urbana de una forma de pensamiento negativo que no cejó en acusar a la ciudad de connivencia con el sistema capitalista. La identificación ciudad/capitalismo/injusticia social quedó así consagrada como eje de la visión sociológica para el resto del siglo XX.

  1. La ciudad global centra su temática en la lógica de productividad urbana..
  2. La ciudad dual atiende las implicaciones que dicha lógica tiene para el tejido social.
  3. La ciudad espectáculo está en función de los espacios para el ocio, la cultura y el consumo.
  4. La ciudad sostenible desarrolla posturas que se postulan como alternativas a los tres modelos anteriores.

La ciudad global.

Tras la crisis de petroléo de 1973 se puso en marcha un proceso de reestructuración económica que fue emprendido a la vez por empresas y gobiernos y que puso fin a tres décadas de Estado de Bienestar.

De este periódo, Manuel Castells, ha destacado dos características: la retirada del Estado de la economía y la expansión geográfica del sistema hacia una globalización que abarca al capital, la fuerza de trabajo y la producción. Esta reestructuración no hubiera sido viable si, en aquellos mismos años, no hubiese confluido con un modo de desarrollo denominado “informacional”, cuya base eran las nuevas tecnologías: la informática, que revolucionó el procesamiento de información; y las telecomunicaciones, que permitieron la interconexión entre ordenadores y la creación de sistemas de información. Lo que denominamos “tardocapistalismo” es fruto de la confluencia e interacción del proceso de reestructuración económica.

De esta síntesis histórica ha surgido una nueva especialidad que se ha dado en llamar “el espacio de los flujos”. Es decir, un sistema integrado de producción y consumo, fuerza de trabajo y capital, cuya base son las redes de información. La reorganización espacial de las actividades económicas que de él se ha derivado ha afectado especialmente a tres sectores: la industria donde la producción se ha transferido de los países avanzados a zonas menos desarrolladas, pero con salarios más bajos; el trabajo de oficina, que ha impedido la relocalización de las empresas en cualquier parte del mundo; y el sector financiero, en el cual, gracias a un proceso previo de desregulaciones legales, también ha propulsado una expansión global.

En este sentido, cuanto más se globaliza la economía, más se concentran las funciones centrales en unas cuantas áreas metropolitanas. Este factor ha reactualizado el sistema urbano, heredado por el siglo XIX como red de ciudades globales. Manuel Castells reduce su número a tres: Londres, Nueva York y Tokio. Londres por ser el primer mercado financiero del mundo: Nueva York por ser el principal receptor de flujos de capital y exportador de servicios; y Tokio por ser el mayor por ser el mayor prestamista de capital y sede de los bancos más importantes.

Es cierto que el primer sector productivo en abandonar la ciudad global fue la industria, a la que el espacio de los flujos asignó una nueva ubicación en los países en vías de desarrollo.

Centro y periferia: desde el primero se ejercen las actividades de control y dirección.

Francois Ascher, metápolis:

Su reflexión partió de la constatación de que las grandes ciudades contemporáneas no crecían ya por las dilataciones, sino por su funciomaniento de zonas alejadas, no contiguas y no metropolitanas. Este fenómeno está indudablemente vinculado al uso del automóvil, pero también, a la aparición de los transportes colectivos.

La metapolis es un espacio geográfico cuyos habitantes y actividades económicas están integrados en el funcionamiento cotidiano de una gran ciudad pero a la vez, profundamente heterogéneo y discontinuo cuyos principios organizados derivan de los sistemas de transporte de alta velocidad. Estos sistemas determinan jerarquías territoriales donde las estaciones de TGV y los aeropuertos más que las autopistas, asumen el protagonismo

La ciudad dual.

La realidad ha demostrado que la polarización social es intrínseca al orden tardocapitalista, donde los trabajos a cambio de bajos salarios son claves para el crecimiento económico ¿ qué sería de Chicago sin los miles de mexicanos que se ocupan de la limpieza, la seguridad o las tareas domésticas? ¿Qué sería de París sin los miles de magrebíes que se ocupan de los jardines, las lavanderías o los supermercados? A pesar de la pujanza de sus respectivas ciudades y de que su trabajo es fundamental para garantizar su funcionamiento, la mayoría de ellos viven hacinados en cochambrosos apartamentos de barrios ultradegradados. El declive social, por tanto, ha dejado de ser un indicativo de decadencia para convertirse en un complemento del desarrollo. La ciudad global nos descubre, así, su segunda naturaleza: la ciudad dual, quinta capa de la ciudad hojaldre.

La radical transformación que ha experimentado el mercado laboral es lo que ha instalado la lógica de la desigualdad en la ciudad contemporánea. Para algunos ha supuesto la desaparición de la estabilidad en el empleo y el consiguiente aumento de las subcontratos, el trabajo informal, el trabajo a tiempo parcial y la pobreza. Para otros, ha supuesto la oportunidad de acceder a empleos excepcionalmente bien remunerados. Los trabajadores de poca cualificación se aglutinan en tres sectores : la industria poco tecnificada, las labores rutinarias de oficina y los servicios especializados. Los profesionales altamente cualificados se concentran en el sector de las finanzas.

La esencia de la ciudad dual se refleja en el espacio urbano, al que la visión sociológica señala como parte activa de la segregación. Clase social, raza y nacionalidad son los argumentos que alimentan su especialidad.

Lucha por el territorio y fortificación de la ciudad: comunidades cerradas y espacio público.

Gentrificación.

En la ciudad dual se ha desatado una lucha por el territorio donde el avance de los conquistadores – clase media y alta -, se enfrentan sectores marginales que se resisten a abandonar los enclaves en los que, en su día, fueron confinados.

La lucha por el territorio está convenciendo a los más afortunados de la necesidad de proteger su enclaves con muros, barreras, guardas de seguridad y sofisticados sistemas de detección electrónica.

La ciudad del espectáculo.

La ciudad dual ha sido definida como un espacio para la desigualdad, la segregación y el conflicto. Sin embargo, la apariencia externa de las ciudades contemporáneas no tiene nada que ver con realidades tan penosas. Todo lo contrario, se nos presentan como un deslumbrante universo de luces y colores tras el que difícilmente se intuyen los escenarios descritos.

Ocio, cultura y consumo: la disneylandización de la ciudad contemporánea.

Fue la izquierda intelectual francesa la que descubrió el gran filón que representaba la semiotización de la ciudad, un filón que la visión sociológica ha explotado para denunciar las mistificaciones que se ocultan tras el deslumbrante espacio urbano contemporáneo. Jean Baudrillard se interesó por la tendencia a la simulación que caracteriza a la sociedad de las masas. Según él, las esencias de los hechos humanos han desaparecido de las ciudades. La vida en ellas está cada vez más exenta de experiencias auténticas y cada vez más plagada de hábitos precodificados. Esta creciente artificialidad ha provocado en sus habitantes una inmensa nostalgia por lo real. Ante la ausencia de la naturaleza, el ciudadano posmoderno anhela bosques y cataratas; ante la ausencia de contacto social, añora pasiones y emociones. Ello implica que busque sensaciones fuertes, experiencias en vivo y en directo, ya sean deportes de riesto o reality shows.

En la ciudad esta exigencia ha inducido una enloquecida dinámica de simulaciones que ha desembocado en lo que Baudrillard denomina “el tercer orden de simulacros”. El que irrumpe en el momento en que, tras ser duplicado una y otra vez por los medios de comunicación de masas, lo real desaparece y lo que queda es una copia exacta del original, una imagen hiperreal. Es lo que ocurre cuando la verdadera little Italy, con sus inmigrantes, sus penurias y sus carencias, es reemplazada por la imagen que la gente tiene de Little Italy, con sus terrazas, sus camerieri y su spaghetti alla siciliana, una imagen hiperreal que duplica la original y enfatiza hasta el artificio sus más pulcras esencias materiales.

Cuando este fenómeno se expande por el espacio urbano nace la ciudad del espectáculo, donde lo real ha dejado paso a lo hiperreal, a la pura materialidad, a la fría superficialidad. De ahí su vivacidad cromática y luminosa, un esplendor radiante e intenso que puede llegar a ser alucinatorio y desembocar en lo que Fredic Jameson ha denominado “euforia posmoderna”. Y es que en la ciudad del espectáculo todo es táctil y visible, pero ha sido vaciado de cualquier significado profundo. Se desactivian así los grandes temas que acompañan al pensamiento negativo característico de la visión sociológica: la segregación, la injusticia, la rebelión. El habitante de la ciudad del espectáculo tan sólo está interesado en absorber por los sentidos, sin cuestionarse críticamente su situación en el mundo.

Jameson entiende que la euforia posmoderna ha generado una nueva forma espacial: el hiperespacio. Los edificios de la ciudad del espectáculo funcionan como mónadas, envolturas que encierran un interior protegiéndolo del exterior. En su ensimismamiento, el edificio-mónada demuestra una gran indiferencia por la ciudad que le rodea, a la que no pretende transformar. En el interior, sin embargo, se cargan las tintas. Un envolvente despliegue de simulacros se dispone a conseguir que el visitante experimente la incapacidad de representarse en el espacio que le rodea, que flote en un espacio de debilidad psicológica que le hace altamente vulnerable a los intereses comerciales que promueven el hiperespacio. La radical separación interior-exterior que representa la mónada, y el énfasis en la interioridad como ambiente fantastico y alucinatorio que representa el hiperespacio. Confluyen en los edificios relacionados con la nueva industria del ocio, la cultura y el consumo.

Disneylandia siempre mostró gran interés por la ciudad del pasado, donde persistían los viejos valores de la sociedad estadounidense. No es de extrañar, por tanto, que decidiera reproducirlas como copias hiperreales.

( tematizar un recinto poniendo las más avanzadas tecnologías al servicio de la simulación )

Las ciudades se habían conformado con explotar sus áreas históricas, las cuales, como vimos en la parte dedicada a la visión culturalista, no han dudado en tematizar para realzar su atractivo.

La segunda actividad económica disneylandizada en la ciudad del espectáculo es la cultura. La metamorfosis sufrida por los museos en las últimas décadas es un buen ejemplo de ello. Fue el Centre Pompidou de París, construido en 1977, por Richard Rogers y Renzo Piano, el que marcó la pauta de una nueva generación de museos denominados “mediáticos”. El popularmente conocido como Beaubourg fue calificado por Baudrillard como “hipermercado del arte”, un espacio social donde la cultura contemporánea era triturada, recortada, comprimida y puesta a la venta en forma de pósters, postales y catálogos. En los museos mediáticos la cultura ha convergido con el entretenimiento y el consumo, de los que ha asimilado sus estrategias comerciales. Las salas para exposiciones se alternan con cafeterías, librerías, tiendas de souvenirs, etc. Quienes deambulan por ellas no son eruditos solitarios, sino masas de personas dispuestas a embotellarse en colas interminables para ver la exposición de moda de la temporada, personas que encuentran en el museo un lugar divertido para pasar la mañana del domingo.

La tercera actividad económica protagonista en la ciudad del espectáculo es el consumo.

Competencia entre ciudades: ciudades en venta.

En otra época, esta aspiración hubiera sido mera ilusión para las ciudades que no contaran con un tejido productivo extenso y consolidado, con acceso a las redes de transporte, con un mercado laboral y de consumidores avanzado, etc. En la contemporaneidad, sin embargo, gracias a la relativa libertad que las nuevas tecnologías ofrecen a las grandes empresas para elegir su lugar de ubicación, son muchas las ciudades que podrían alcanzarla. Como ya hemos comentado, los motivos que impulsan a las multinacionales a establecerse en uno y otro sitio cada vez más accesibles: la calidad de vida, buenos restaurantes, precio de la vivienda, etc, lo que ha generado enormes expectativas en ciudades sin tradición histórica en los circuitos económicos internacionales; ciudades que han comenzado a competir por atraer empresas e industrias transnacionales que les garanticen un lugar preferente en el espacio de flujos.

Una de las estrategias más habituales en la competencia entre ciudades es la especialización, es decir, la explotación de elementos y circunstancias que las diferencian de las demás.

La segunda estrategia es la publicidad.

En 1996, la organización de los Juegos Olímpicos se propuso vender a la ciudad como símbolo de la prosperidad del sunbelt y desterrar las connotaciones racistas y de atraso social-económico con las que antaño se asociaba el sureste norteamericano.

Pero la fama no es gratis. La caza de los beneficios de la globalización tiene un precio que han de pagar los habitantes de la ciudad del espectáculo. Las ingentes sumas de dinero que requiere la ejecución de estos proyectos, normalmente centrados en lugares emblemáticos, se deducen de los presupuestos para vivienda social, transporte público, fomento al empleo, etc. Las prioridades del espectáculo son la calidad visual y la estética.

Los contenidos políticos y sociales pueden llegar a ser absorbidos y negados por el imperio de la estética. Una sociedad inundada de imágenes reduce su sensibilidad social, se hace complaciente con las injusticias y elude los compromisos con el prójimo. La ciudad del espectáculo enmascara las miserias de la ciudad dual. Pero no debemos olvidar que, a pesar de su luminosa fachada, las Vegas sigue siendo la capital mundial del crimen y la corrupción.

La ciudad sostenible.

En 1974 se hizo público el informe del Club de Roma, un documento donde se anunciaba que el modelo de desarrollo económico vigente en Occidente conducía al agotamiento de los recursos naturales del planeta.

La conferencia de la ONU sobre el medioambiente y el Desarrollo, denominada “Cumbre de Río” y celebrada en Río de Janeiro en 1992, divulgó datos que confirmaban que la lluvia ácida estaba devorando los bosques; que el agujero de la capa de ozono estaba induciendo un cambio climático; que la polución estaba disparando el efecto invernadero; que los residuos estaban saturando bahías y ríos; que a mediados del siglo XXI escasearían los alimentos en numerosos puntos del planeta; que lo mismo ocurriría con el agua cuya demanda se duplicaría cada veinte años; y que seguía presente la amenaza de una nueva crisis energética.

En efecto estas catástrofes, se debían en buena parte, a que el modelo de desarrollo urbano occidental basado en un exacerbado consumo de recursos y energía, en la emisión masiva de residuos, en la movilidad privada y el consumo territorial, se había trasladado a las áreas geográficas con mayor crecimiento poblacional: China y el sureste asiático. Ante semejante constatación, la sociedad contemporánea empezó a tomar conciencia de que las ciudades se estaban convirtiendo en máquinas depredadoras del medio ambiente, lo cual legitimó y propagó el mensaje de la ciudad sostenible.

Desarrollo urbano sostenible e integrado.

El discurso de la sostenibilidad entiende a la ciudad como un ecosistema que consume recursos y genera residuos, un organismo vivo estrechamente relacionado con el territorio que lo rodea tanto a escala regional como global. Varios conceptos se encargan de calibrar la magnitud de esta imbricación.

La denominada “huella ecológica” mide la superficie natural necesaria para producir los recursos que demanda una ciudad determinada. Los datos derivados de este concepto, demuestran que, hoy en día, ninguna ciudad es sostenible en sí misma.

Albert García Espuche define al desarrollo urbano sostenible en el que establece un acuerdo entre ciudad y medio ambiente según el cual algunos de los privilegios de los que goza la población urbana son sacrificados a favor de opciones que puedan estar sustentadas indefinidamente por los sistemas naturales. En otras palabras, consistiría en alcanzar un equilibrio ciudad-entorno natural, donde la presión de la primera sobre el segundo no sobrepase determinados límites.

Jaume Terradas, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, un urbanismo regido por el principio de sostenibilidad ha de parir de un análisis que contemple aspectos como el medio físico de la ciudad ( geología, hidrología, clima, etc); las poblaciones biológicas ( animales, plantas y seres humanos); el metabolismo material y energético ( energía entrante y residuos salientes); la evolución histórica del ecosistema urbano, etc. En segundo lugar, y dependiendo de los resultados, debe plantearse como objetivo reducir la huella ecológica, para la cual es imprescindible restringir el gasto energético, reciclar materiales, disminuir la polución, usar energías rennovables.

Michael Hough, profesor en la facultad de Estudios Mediambientales de la York University ( Canadá ), va más allá y plantea un desarrollo sostenible también debe contribuir a la mejoría del medio ambiente. El diseño que resulta de esta fusión debe valorar las zonas no cuidadas de la ciudad: zonas donde existe una fauna y vegetación naturalizadas ( las malas hierbas) altamente resistentes a las dinámicas urbanas; debe hacer visibles una serie de procesos ( abastecimiento de agua y de electricidad, lluvias) que, aunque suelen pasar desapercibidos, conectan a la ciudad con su contexto natural; debe apostar por la economía de medios, es decir, por obtener un máximo beneficio con un mínimo de energía, lo que supone optar por alternativas baratas y efectivas, en vez de por infraestructuras de envergadura y costosas. A este respecto habría que aludir a la conveniencia de recuperar tradiciones arquitectónicas y de diseño urbano locales, tradiciones que son frutos de siglos de adaptación a las condiciones climáticas.

Sociabilidad y ética social en el Tercer Mundo.

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