El ser de la expresión.

En cualquier expresión, el hombre expresa su ser del hombre. Esta realidad no hay que desentrañarla del fondo recóndito de ninguna expresión. La pshysis, como la llamaban los filósofos presocráticos, es el manantial del cual vamos generando teorías científicas pero también obras artísticas, convirtiéndose en un fuerte detonador de nuevas experiencias sobre la realidad: “la creación genera así objetos dinámicos y orgánicos que plasman una visión del mundo, un mundo inmediato y general de significado” ( Fonseca, 1992 ). La expresión del ser es histórica: es decir que cada ser es una expresión concreta de un modo de existencia. La existencia prueba la efectividad de nuestra intuición primaria de este ser. La experiencia estética es una faceta fundamental en la búsqueda de conocimiento humano. Al vivir el arte, el homo sapiens juega con su ser y el mundo; este juego proporciona ser y sentido a su existencia, que lo proyecta hacia el futuro. Con el arte, la naturaleza se ha convertido en una fuente inagotable de sorpresas y se reinaugura en cada ser el devenir natural. Vivir consiste en expresar nuestras propias relaciones resultado de una realidad compleja y enigmática.

En el territorio especial que cubre la ontología del hombre, la presencia del ser toma la forma distintiva de expresión. El material fenoménico de las expresiones es testigo de una existencia singular, luego entonces existe una historicidad de la expresión. Los productos del hombre no cambiarían si no cambiara el productor: la producción expresa cambio, la expresión produce cambio. En ese sentido, el hombre es ajeno al hombre por su individualidad óntica: pero a la vez es propio, y no ajeno, porque esa individualidad se forma en la comunicación. El tú se singuraliza expresando, y expresar es activar la comunidad ontológica y existencial a la vez. El ser de la expresión es el ser del sentido, caracterizable antológicamente por la libertad. En esa dirección, el sentido crea un sistema de fines, motivos y razones: la pregunta del porqué, y el para qué no es un mero desahogo emocional. El sentido es propiamente una forma de ser irreductible a lo físico. Virtualidad viene del latín virtus, que significa fuerza o potencia, como la energía potencial de una manzana que no ha caído, o como el árbol que existe en una semilla. Lo virtual es un devenir constante que se actualiza en el tiempo, a veces de forma física. Dice Pierre Lévy al respecto: “Lo virtual no es, en modo alguno, lo opuesto a lo real, sino una forma de ser fecunda y potente que favorece los procesos de creación, abre horizontes, cava pozos llenos de sentido bajo la superficialidad de la presencia física inmediata”( Levy, 1999 ).

Esto obliga a discernir las diferencias del ser entre el sentido como forma de ser, y el sentido como apoyo vital de un individuo o una sociedad en cierta situación histórica. El ser vive en la expresión y este es atravesado por el principio de indiferencia y el principio de sentido. En primer lugar, las cosas permanecen indiferentes a nuestra manera de concebirlas y representarlas. Esto quiere decir que son indiferentes; su indiferencia y revela auténticamente su forma de ser propia. El sentido no es un accidente, es una categoría alternativa del ser de la expresión, de alternativa, de la libertad. Sentido no es significado. El ser de sentido contiene en sí mismo, en cada situación, la posibilidad de múltiples sentidos y hasta la posibilidad de perder el sentido. El problema del sentido del ser es el problema del ser del sentido. La misma pregunta ¿ qué es el ser? Atestigua la existencia de dos órdenes del ser: el que expresa y el que no expresa.

No hay significaciones puras. Todo lo que significa expresa. No es posible formular una proposición que sea carente de sentido. El sentido no produce una comunidad sólo porque requiera dos términos asociados, el que expresa y el que entiende, sino por la asociación de los entendimientos. El sentido no busca el consenso: lo crea. De ahí surge el mundo de la moralidad. La moralidad es inherente al ser de la libertad: el ser de la expresión produce actos que son esencialmente cualificables, y esto es lo que permite la aparición histórica de las morales. La estabilidad tiene un sentido moral. La imposibilidad de que el tú sea un ajeno para el yo es una imposibilidad ontológica; aunque el uno pueda enajenarse del otro existencialmente, su complementariedad es básica de la moralidad.

Pierre Lévy, Qué es lo virtual (Barcelona: Paidós, 1999), 13.

Fonseca, C. 1992. S. T. Coleridge: El papel de la imaginación en el acto creador. Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, 30 (71): 89-95.

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