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Definición de fantasía: Zizek

Zizek afirma que una de las características de las fantasías consiste en que estas pueden ser admitidas desde múltiples posiciones de identificación. Eso quiere decir que no existe coincidencia necesaria entre aquel que fantasea y la fantasía de la que se ocupa. “La fantasía crea una gran cantidad de ‘posiciones de sujeto’ entre las cuales (observando, fantaseando) el sujeto está en libertad de flotar, de pasar su identifi cación de una a otra” (2005a, p. 16).

Volvamos a la mencionada situación de los celos: se puede fantasear con la escena e imaginar qué hacen él y ella, cómo se besan, en dónde, preguntarse si ella le dirá palabras obscenas o él palabras bonitas, etc. También se puede hacer el guión de lo que él sentirá cuando ella lo bese o lo acaricie, etc. O se podrá imaginar igualmente lo que ella, con ocasión de la situación, sentirá o pensará. A veces la fantasía nace en la perspectiva de la primera persona que asiste a la escena; en otras, en la posición de tercera persona (él o ella). No importa. El punto es que no existe ninguna posición privilegiada desde la cual se promuevan las fantasías.

La segunda característica de las fantasías es que tienen la función de proveer las coordenadas que constituyen el enlace entre la realidad y el deseo (Zizek, 2005a, p. 17). Las fantasías son análogas al deseo y a la realidad. Esa es otra manera de decir que las fantasías son productos que se aclaran en el mismo procedimiento de la síntesis trascendental de la imaginación en la medida en que se supone unifican representaciones con intuiciones. Se insinúa así que las fantasías se constituyen en la posibilidad de dar cuenta de la relación de nuestras representaciones con la intuición de cosas; mejor aún, se trata de la reciprocidad del vínculo de las fantasías con la experiencia, pues estas hacen las veces del esquema por el que una representación tiene que ver con una intuición de cosas.

En el fondo, hace falta tener en cuenta el modo en que la experiencia “cae bajo” las fantasías, es decir, hay que poner de relieve el hecho de que la experiencia es subsumida en su representación. Creemos, pues, que el asunto clave es la subsunción de la realidad en las fantasías, entendiendo que no es solo la operación de hacer reducir los objetos a sus representaciones, sino, antes bien, es el ejercicio de hacer coincidir representaciones sobre la realidad diversa.

¿Cómo explicar la función de subsunción de las fantasías? Proponemos entender las fantasías de la siguiente manera: son representaciones que sirven de mediación entre los intereses inconscientes y lo dado en la intuición sensible porque son homogéneas a ambos aspectos.

Los objetos son de interés probablemente por algunas de sus características reales; pero también son motivo de atención por razones irreductibles a sus atributos y que se supone yacen en el inconsciente. Las fantasías conservan el vínculo entre el núcleo de interés inconsciente y la realidad sobre la que se proyectan. Adicionalmente, remiten a la determinación de la realidad por el deseo permitiendo la subsunción. Esta definición supone dos elementos constantemente presentes, pero -en principio- antagónicos. Las fantasías son representaciones mediadoras que tienen que ser, al tiempo, irreductibles a la experiencia en la medida en que provienen del inconsciente y, a pesar de ello, atadas y fundamentalmente referidas a la realidad sensible. De acuerdo con esto, las fantasías se traducen como representaciones conformes al procedimiento del esquematismo de la imaginación dado que tienen la función de dar origen a la representación de la realidad, pero con cierto contenido irreductible a ella. En otras palabras, las fantasías no implican la adhesión de la voluntad a representaciones de cosas que satisfacen el interés primario de obtenerlas (quiero algo y si no lo poseo lo imagino entonces); más bien, aportan las reglas de construcción de representaciones que median entre el deseo y la realidad de las cosas deseadas; reglas que conciernen a la determinación inconsciente del sentido general por el que el deseo se halla ligado a cosas.

A pesar de que las fantasías no son reales -de la forma en que lo son las cosas-, sin embargo, resultan ser las condiciones que hacen que la realidad posea alguna significación. Estamos tratando de decir que las fantasías son representaciones que suministran a los objetos sus propias imágenes convirtiéndose en requisitos que garantizan la realidad de nuestros deseos.

Resulta demasiado obvio pensar que las fantasías guardan relación con el hecho de que la voluntad tiende hacia objetos de satisfacción. Y es obvio porque se asume muy pronto la aparente elaboración imaginaria según la cual se escenifica “eso” (objeto = X) que en la realidad hace falta. El resultado es que la experiencia de satisfacción no da razones acerca de por qué necesitamos de las fantasías ni de las razones por las que se construyen de la manera en que se lo hace. Mejor dicho, el problema es ¿por qué deseamos? ¿Y por qué deseamos lo que, en efecto, deseamos? La idea básica -en clave trascendental- es que las fantasías sirven de representaciones a través de las cuales es sitiada9 la realidad. Así, son reglas a priori del deseo, esto es, tienen que ver con la aplicación de representaciones a objetos reales que, ciertamente, adquieren significación e importancia por eso mismo. No deseamos objetos porque nos interesan; nos interesan porque los deseamos. Las fantasías son extensivas a la realidad por la razón de que subsumen los objetos a los cuales se les aplica. Eso significa que se hace caer bajo las fantasías los objetos que nos rodean a diario; estos son, si se quiere, subsumidos a estas en consideración del esquematismo inconsciente de la imaginación por el que reconocemos su importancia. Es en ese sentido que las fantasías tienen la similar función del esquema trascendental: reglan nuestro deseo; nos dicen qué desear -aún si no somos plenamente conscientes de ello- (Zizek, 2005a, p. 17).

El recurso es para decir lo siguiente: lo que se escenifica en las fantasías es la incógnita nacida del hecho de que constantemente nos preguntamos, desde el punto de vista de los demás, acerca de nuestra propia imagen. El pequeño objeto a -‘le petit objet a’ del que tanto habla Zizek- se refiere a que desconocemos ese punto de vista. O sea, ya que nos es imposible ocupar el puesto de los demás no sabemos con exactitud cuáles son las exigencias que desde allí se nos hacen. Apenas podemos fantasear con ellas. “¿Qué es lo que quieren los otros de mí?” “¿Qué ven en mí?” “¿Qué soy yo para los otros?” Esas son las preguntas que se pretende responder mediante las fantasías (Zizek, 2005a, p. 19). La intersubjetividad del deseo se resalta cuando se percibe que las fantasías pretenden conjurar el enigma del papel que tenemos entre los demás. Sabemos que como individuos nos encontramos sumidos en las redes de las relaciones que nos convierten en el lugar de luchas sobre lo que somos -luchas que no se reducen únicamente al tema del reconocimiento, sino que también son relativas a las sobredeterminaciones de la identidad o las regulaciones sobre la conducta y la interioridad-. Las fantasías tienen la virtud de brindar el acceso a las exigencias que los demás nos hacen proyectando en la vida supuestos contenidos que nos están vedados. Eso implica la idea de que se nos exigen actitudes, respuestas emocionales, maneras de hablar, etc., sin saber muy bien qué es exactamente lo que se nos está pidiendo. Pareciera que vivimos entre los demás ocupando cierto lugar desde el que se nos hacen exigencias y del que no sabemos mucho, por lo que no tenemos más alternativa que fantasear acerca de tal lugar. Es eso a lo que se refiere Zizek con el énfasis en el desplazamiento lacaniano sobre el pequeño objeto a: se trata del conjunto de representaciones inconscientes mediante las que presentamos consistencia en nuestras relaciones con los demás. Así decimos: yo no soy simplemente esto que hago, siento o pienso; soy algo más -aunque no sepa decir exactamente qué- y, por eso mismo, soy digno de ser amado, reconocido, acompañado, recompensado, etc.

Finalmente, dice Zizek, las fantasías consisten en una narrativa que sirve para eludir algún estancamiento original (2005a, p. 20). Esto no debe entenderse como si en ellas se organizaran las experiencias vitales apropiándoselas bajo la forma integrada de tal o cual narración. Las fantasías no son “falseos” o “falsas versiones” de la vida que damos para esconder o eludir las situaciones que nos atormentan. La cuestión de las fantasías es que sirven para reacomodar la propia existencia respecto de cierta falta fundamental (también puede decirse “exceso fundamental” haciendo énfasis en que las fantasías son “algo” más que a la realidad concreta le falta). Como indica Zizek,

contrariamente a la sensata concepción del fantaseo como una indulgencia en la realización alucinatoria de los deseos prohibidos por la Ley [prohibidos en el sentido de que la realidad no satisface los deseos bien porque no brinda exactamente lo que queremos o bien porque nos obliga a renunciar a ellos], la narración fantasmática no escenifica la suspensión-transgresión de la Ley [mediante la fantasía hago realidad lo que me está prohibido], sino el acto mismo de su instauración, de la intervención en el corte de la castración simbólica (p. 22).

 

Zizek, S. (2005a). Bienvenidos al desierto de lo real. Barcelona: Akal.

Zizek, S. (2005b). El acoso de las fantasías. México: Siglo XXI Editores.

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