Las lógicas del signo

No es gratuito que Ducrot y Todorov convengan en que “el signo es la noción básica de toda ciencia del lenguaje; pero precisamente a causa de esta importancia, es una de las más difíciles de definir” (Ducrot 121), debido a que es evidente que trazar una genealogía de la noción de signo ya comporta una multiplicidad de maneras de comprenderlo y de campos en los que este se configura.

Sin embargo, considerando el objetivo de esta discusión, es posible definir el signo en términos genéricos a través de la expresión latina en la que signo es aliquid que stat pro aliquo. Es decir, un primer término que “está por” un segundo que siendo distinto del primero se corresponde con él. Además, a esta definición podríamos agregarle, siguiendo aPeirce-Morris-Eco, que el segundo término por el que el primero está, siempre está en relación con alguien que lo considera respecto de un tercer elemento (una situación u objeto determinado).

Sin profundizar aun en estos últimos rasgos que se agregan a la definición genérica (‘aliquid stat pro aliquo’), debemos destacar que lo fundamental, en primera instancia, es comprender la relación lógica que subyace a ese “estar por”, ya que depende de esa primera función que la comprensión de un signo cambie radicalmente y por consiguiente su misma posibilidad de interpretación.

Comúnmente para la lingüística del siglo XX, la primera sistematización formal y metodológicamente positiva del signo fue/es la entregada por F. de Saussure en su Curso de lingüística general.

En este texto se establece que el signo lingüístico es una entidad síquica de dos caras, la que no une una cosa y un nombre, sino que combina un concepto y una imagen acústica, siendo esta última no el sonido puramente material, sino que la huella síquica de tal sonido, la representación de él dada a nosotros por nuestros sentidos. Por lo tanto, como aclara luego el texto, el signo lingüístico está compuesto por un significante (imagen acústica) y un significado (concepto), donde ambos elementos están unidos y se requieren recíprocamente, pero respondiendo a dos características primordiales: la primera es la arbitrariedad de la unión entre ambos términos, y la segunda es la linealidad temporal para su expresión y aprehensión (De Saussure 99-108)2.

De esta descripción del signo nos interesa centrarnos en la relación de equivalencia y determinación recíproca que une sus dos caras, ya que a partir de esta es que se ha observado la prefiguración de esta noción atribuida a Saussure con la establecida en la teoría del signo de la gramática y la lógica de Port-Royal.

Al respecto, The linguistics encyclopedia3 describe sucintamente pero con bastante claridad la teoría de los signos planteada por esta gramática y los principios subyacentes que la animaban. De tal modo, la definición del signo, que no aparece en la Gramática sino que en la Lógica, declara que la relación establecida entre el signo y la cosa que representa es de equivalencia total y biunívoca y en la que la representación es construida por la mente, pero no por sí sola o de forma natural, sino que dentro de una sociedad (Malmkjaer 347).

De tal modo, la definición dice: “cuando se considera cierto objeto como la mera representación de otro, la idea que se tiene de ese objeto es una idea de signo, y este primer objeto se llama signo. Es así como uno considera comúnmente los mapas y los cuadros. Por lo tanto, el signo comporta dos ideas, una de la cosa que representa, la otra de la cosa representada; y su naturaleza consiste en provocar la segunda mediante la primera.” (Malmkjaer 347 y Rama, La ciudad… 44 [traducción mía]). Definición en la que es posible observar esa equivalencia directa y transparente entre el primer término y el segundo.

Ahora bien, la razón para que el signo esté definido en la Lógica y no en la Gramática queda en evidencia cuando contemplamos el plan de la gramática de Port-Royal y sus presupuestos. Dentro de estos, el principal corresponde a la afirmación de los autores de haber escrito una gramática general y razonada, lo que, en otras palabras, quiere decir que:

La gramática de Port-Royal fue explícitamente presentada como aplicable a todas las lenguas, ya que se basaba en el análisis de los procesos mentales. A pesar de que los autores comenzaron desde un análisis de lenguas familiares a ellos […] su análisis no se basaba en la morfología, sino en la relación entre ideas y patrones conceptuales, por una parte, y las palabras y las formas discursivas que sirven para expresarlas, por la otra. Más allá de la diversidad aparente en las lenguas individuales, […] su objetivo era explicar los principios fundamentales y universales que formaban ‘la base del arte de hablar’. (Malmkjaer 347 [subrayados y traducción míos])

Entendiendo, entonces, estos principios subyacentes y los alcances cognitivos y universales pretendidos por la definición de signo es que podemos comprender la crítica arqueológica que hace Foucault sobre las ciencias humanas, sus representaciones y sus modos de mediar epistémicamente el orden dado al mundo y la reflexión que hace necesario y legítimo tal orden. Así, Foucault declara que el sistema de signos descrito y argumentado por la lógica de Port-Royal e instalado por el clasicismo es “el que reconcilia todo saber de un lenguaje y trata de substituir todas las lenguas por un sistema de símbolos artificiales y de operaciones de naturaleza lógica” que se instalan como una red única de necesidades (Foucault 69). Configuración o cosmificación que comporta, según el francés, tres consecuencias fundamentales.

La primera es la reducción del signo a dos elementos y no a tres (como sucedía en el Renacimiento o en gran parte de las antiguas teorizaciones al respecto), donde el elemento que evidenciaba la semejanza entre el signo y lo representado desaparece. En este sentido, “el significante no tiene más contenido, más función y más determinación que lo que representa: le está totalmente ordenado y le es transparente; pero este contenido sólo se indica en una representación que se da como tal y lo significado se aloja sin residuo alguno ni opacidad en el interior de la representación del signo.” Es decir, “el signo es la representatividad de la representación en la medida en que ésta es representable” (Foucault 70-1).

La segunda consecuencia es que “esta extensión universal del signo en el campo de la representación excluye incluso la posibilidad de una teoría de la significación” (Foucault 71). El (los) signo(s) se cierran sobre sí mismos y no existe nada de sentido exterior o anterior al signo, ni tampoco “acto constitutivo de la significación ni génesis interior a la conciencia”. Y por lo demás, “los signos no tienen otras leyes que las que pueden regir su contenido: todo análisis de los signos es, al mismo tiempo, y con pleno derecho, un desciframiento de lo que quiere decir” (Foucault 72).

Y por última, la tercera consecuencia, y que según Foucault llega hasta nosotros es la teoría binaria del signo, que fundamenta, a partir del siglo XVII, toda la ciencia general del signo; y esta, “está ligada, de acuerdo con una relación fundamental, con una teoría general de la representación. Si el signo es el puro y simple enlace de un significante y un significado (enlace arbitrario o no, impuesto o voluntario, individual y colectivo), de todas maneras la relación sólo puede ser establecida en el elemento general de la representación: el significante y el significado no están ligados sino en la medida en que uno y otro son (han sido o pueden ser) representados y el uno representa de hecho al otro” (Foucault 73).

Ante esta situación, Ángel Rama, siguiendo a su vez a Foucault sobre la configuración de los signos por la Lógica de Port-Royal, resalta que tal ordenamiento y relación de los signos con lo representado se afirma aún más en la perennidad que ostenta el signo y que es ajena a la duración de la cosa. De modo que el universo de los signos asegura su inalterabilidad (Rama, La ciudad… 45).

En este sentido, lo que quiero destacar aquí es que el mundo representado, ordenado y proyectado por los signos se encuentra atado a su propia configuración a partir de los discursos hegemónicos que perpetúan su mundo a través de la equivalencia directa y biunívoca establecida como relación fundamental de los signos y su aprehensión, que, como lo señalaba Jakobson corrigiendo expresiones poco afortunadas de Saussure, es habitual, enseñada-aprendida y obligatoria para todos los miembros de una comunidad lingüística determinada.

Ahora bien, dentro de la historia de las teorías contemporáneas del signo es posible identificar una segunda vertiente paralela a la desarrollada a partir de Saussure (Port-Royal), cuyo trasfondo primordial corresponde a la filosofía analítica y a la filosofía del lenguaje. El mayor representante de esta línea de investigación, o al menos el más conocido, esCharles S. Peirce. En términos generales, él y sus seguidores más cercanos comprenden al signo como un elemento constitutivo de un proceso que denominan semiosis, y en el que el signo no puede darse sin otros tres (o cuatro) factores. Así, además del vehículo sígnico [aquello que actúa como signo], participan de este proceso aquello a lo que el signo alude [Designatum/Objeto Dinámico] y alguien [intérprete] que toma en consideración el objeto designado en virtud de la presencia del signo; donde las consideraciones, según Morris4 -seguidor y uno de los continuadores más destacados de Peirce- son interpretantes y han de buscarse en hábitos mentales, sociales y/o culturales.

Considerando esta otra perspectiva nuestra definición de signo cambia radicalmente. De hecho, Peirce especifica que “Un signo, o representamen, es algo que está [stands] para alguien por algo en algún respecto o capacidad. Se dirige a alguien, esto es, crea en la mente de esa persona un signo equivalente, o quizás un signo más desarrollado. Ese signo que crea yo lo llamo el interpretant del primer signo. El signo está en lugar de algo [stands] y ese algo es su objeto. Está en el lugar de ese objeto, no en todos los respectos, sino en referencia a una especie de idea que yo he llamado a veces el piso [ground] de la representación” (Rojo, Diez tesis… 80).
Como podemos notar, esta concepción de signo es mucho más compleja que la noción estrecha y aislada que veíamos a partir de Saussure, y vemos que la relación lógica que subyace a ese “estar por” (stands-stat pro) de la definición es distinta que la equivalencia biunívoca atribuida al signo lingüístico.

Para develar este funcionamiento lógico que subyace al signo en tanto función de una semiosis, Umberto Eco y otros5 han ampliado la historia de la teorización sobre el signo en Occidente, encontrando sus primeras reflexiones entre los presocráticos, luego Platón y Aristóteles, para apuntar su apogeo en los estoicos6.

Eco, de partida, declara que es necesario eliminar la noción de signo lingüístico, entendiendo que esta noción es un producto cultural bastante tardío. De tal modo, observa y deslinda la noción aristotélica declarando que el Estagirita en la Retórica siempre entiende al signo como principio de inferencia. Este puede responder a signos necesarios, aquellos que pueden traducirse posteriormente en afirmativas universales, o a signos “débiles”, en los que la conclusión aparece como probable. Sin embargo, en ambos, la forma lógica que configura la inferencia es que “si lo primero, entonces lo segundo”.

Posteriormente, Eco alude a la noción de signo utilizada por los estoicos, los que, al parecer, la utilizan para “referirse a algo inmediatamente evidente que permite sacar conclusiones sobre la existencia de algo que no es inmediatamente evidente”, por lo que el signo es para los estoicos -dice Eco, siguiendo a Sexto Empírico- “«la proposición antecedente en una premisa hipotética mayor válida que sirve para revelar el consecuente», o sea, «una proposición antecedente verdadera en un condicional verdadero, y capaz de revelar el consecuente»” (Eco 47).
Por lo tanto, el modelo estoico del signo tiene la forma de la implicación filónica, donde las variables no son realidades físicas y tampoco acontecimientos, sino proposiciones en que se expresan los acontecimientos. En este sentido, “para que existan signos es preciso que se formulen proposiciones y las proposiciones deben organizarse conforme a una sintaxis lógica que se refleja y es posible en la sintaxis lingüística. Los signos sólo afloran en la medida en que son expresables racionalmente mediante los elementos del lenguaje. El lenguaje se articula en la medida en que expresa acontecimientos significativos” (Eco 48).

Conforme a lo señalado, me parece fundamental entender a partir de Eco que la relación que subyace a la función sígnica expresada por el “estar por” (standsstat pro) no es otra que tal implicación filónica: “si lo primero, entonces lo segundo”, donde lo que varía entre los diversos fenómenos es la fuerza de esta implicación y su validez epistemológica. Validez, que es determinada por un procedimiento análogo al de la construcción de una hipótesis y, en consecuen- cia, al de la abducción, donde “el consecuente resulta de la hipótesis que pone, hipotéticamente, una Ley de la cual el consecuente sería entonces el Caso así como el antecedente sería el Resultado” (Eco 56).

Ahora bien, toda abducción requiere irremediablemente, desde su perspectiva lógica, que los signos presenten algún tipo de consecuente necesario, sea este de una necesidad irrebatible o aun demasiado amplio y deba circunscribirse. De modo que “el hiato entre certeza ‘científica’ [signo indicativo] y certeza ‘social’ [signo convencional] constituye la diferencia entre leyes e hipótesis científicas y códigos semióticos. […]// Por tanto, en el plano semiótico las condiciones de necesidad de un signo se determinan socialmente, ya sea conforme a códigos débiles o a códigos fuertes. En este sentido, un acontecimiento puede ser signo seguro, aunque desde el punto de vista científico no lo sea. Esta jerarquía de necesidad semiótica es la que rige las correlaciones entre antecedentes y consecuentes y las asimila forzosamente a las correlaciones entre expresiones y contenidos” (Eco 59).
De tal forma, lo que prima en la producción de signos y la invención de códigos es la abducción. Proceso inferencial que, a diferencia de la inducción y la deducción, siempre recurre a un marco de referencia o regla metasemiótica (en el caso de los códigos semióticos) expresada de alguna manera que indique cómo debe entenderse tal signo. En otras palabras, lo que Eco enfatiza, como lo hemos reiterado en varias ocasiones, es la no equivalencia del signo con lo que este refiere. Es decir, al signo subyace siempre un proceso de abducción más complejo, que, acaso con el uso y su convencionalización, pareciera regirse por esa equivalencia. En este sentido, “la abducción representa el intento aventurado de trazar un sistema de reglas de significación que permitan al signo adquirir su propio significado” (Eco 61).

Este funcionamiento provoca, al menos, dos consecuencias ineludibles: primera, la estructura formal de la implicación inferencial que subyace a la semiosis, se vuelve una estructura o matriz generadora de interpretaciones; y segunda, toda abducción (hipótesis) debe ser verificada, pero es claro que tal verificación ya no se realiza a partir de una observación empírica-experimental de los acontecimientos dentro del mundo real-natural, sino que a partir de reglas o formaciones discursivas en las que ocurren tales producciones de sistemas de significación y procesos de comunicación.
Es por esto que, al menos para los fines de nuestra indagación, debemos volver sobre la literatura destacando su fundamental relación con la sociedad en la que está inmersa y a la que refiere. En este sentido, ante las reglas mediante las que un acontecimiento es signo, no debemos olvidar que esta no ha de regir únicamente el comportamiento o las condiciones de posibilidad de los signos con otros signos o de estos con los objetos/acontecimientos a los que refiere dentro de su propia legalidad, sino que, además, debe contemplar las consideraciones de alguien hacia tales acontecimientos en la medida en que funciona como signo y, también, las formas en que puede/debe interpretarlos. Esta interpretación, entendiendo el proceso de semiosis como una práctica humana y cultural (y no solo como objeto de estudio), responderá, entonces, a la articulación entre reglas intensionales y extensionales que posibiliten el tránsito y la permeabilidad entre estos dos sistemas de relaciones: mundo(s)-cultura(s) representado(s) sígnicamente y sistema(s) de significación.

INTERPRETACIONES DE LA SEMIOSIS
¿Cuál es, o quizás mejor, dónde se encuentra el criterio para interpretar aquello que una semiosis refiere?

Para intentar una respuesta coherente a este problema, Eco señala que es necesario considerar lo que Peirce entendía al reconocer que “todo interpretante (signo o expresión o secuencia de expresiones que traduce una expresión precedente) no solo retraduce el ‘objeto inmediato’ o contenido del signo, sino que amplía su comprensión.

El criterio de interpretancia debe partir de un signo para recorrer, etapa por etapa, todo el círculo de la semiosis” (Eco 71). De tal modo, Peirce decía que un signo no es otra cosa que una proposición en germen o una argumentación rudimentaria, la que al ser interpretada me permite ir más allá del signo originario, haciéndome entrever la necesidad de la futura manifestación contextual de otro signo.

Sin embargo, esa necesaria manifestación futura de otro signo no es la de cualquier otro signo -ya lo declara el hecho de que esta sea contextual- (y menos de un significante o una cadena significante), sino que está circunscrita por el piso (ground) de la representación. Este piso “es un atributo del objeto en tanto que él (el objeto) ha sido seleccionado de cierta manera y sólo a algunos de sus atributos se los ha hecho pertinentes, constituyéndose así el Objeto Inmediato del signo” (Rojo 80).

Por lo tanto, el signo, en relación al Objeto Dinámico o designatum (aquello que el signo refiere), delinea un segmento del continuum o materia del mundo circundante para construir un Objeto Inmediato, es decir, el contenido. De tal modo, Eco declara:

Interpretar un signo significa definir el segmento de contenido transmitido, en sus relaciones con los otros segmentos derivados de la segmentación global del contenido. Y definir una parte mediante el uso de otras partes, transmitidas por otras expresiones. Con la posibilidad, si la interpretación se lleva muy lejos, de que acabe poniéndose en tela de juicio no sólo el contenido determinado al principio sino también el mismo criterio global de segmentación. Esto significa poner en tela de juicio el modo en que la forma del contenido ha segmentado el continuum7. (Eco 72)

Este funcionamiento de la segmentación de la materia hace que la forma atribuida al Objeto Dinámico por un sistema cultural determinado sea modificada permanentemente, mediante la formulación de Objetos Inmediatos y su constante redefinición a través de sucesivos interpretantes.

Ahora bien, siguiendo a Rojo, a pesar de que él observe el fenómeno en relación a formaciones textuales (Rojo 81), debemos notar que la segmentación realizada sobre el continuum para generar el contenido es producida a base de su articulación discursiva, por lo que la interpretación y su constante modificación de la forma atribuida al Objeto Dinámico se produce en el punto de encuentro entre los discursos en los que se configura el signo y su proceso de semiosis, más un receptor (perteneciente a una formación discursiva determinada, que puede ser, o no, la misma que aquella en la que se produjo el signo) y una mediación cultural (el interpretante o los modos discursivos ejemplares producidos por las formaciones discursivas y alojados en las conciencias de los receptores).

En consecuencia, como podemos apreciar, el signo en tanto proceso de semiosis y práctica humana y cultural se instala en un campo cruzado por múltiples variables que tensan e interfieren sobre su producción e interpretación: reglas sintácticas, semánticas y pragmáticas que se influyen y combinan entre sí, determinadas por diferentes formaciones discursivas que disputan entre ellas y sus respectivos interpretantes, los que, a su vez, dependen de o están en relación directa con los participantes de tal práctica.

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