ANTE LA REDEFINCIÓN DE LAS DISCIPLINAS

Como ocurre cada cierto tiempo, andan las aguas revueltas en el ámbito universitario. Fantasmales disposiciones europeas y amagos más o menos evidentes de provocar cambios profundos en las titulaciones y la estructura docente están promoviendo sentidos debates y ponderadas movilizaciones. Por supuesto, no hay que ser optimista en estas coyunturas. No creo que se pueda afirmar que cada cambio producido en la universidad durante las últimas décadas haya servido para mejorarla. Pero es este un tema excesivamente compleJo y Io que nos convoca aquí es la reflexión sobre dos libros que, en parte, abordan una de las consecuencias previsibles de estos procesos de cambio: la redefinición de las disciplinas en las que habitualmente compartimentamos el saber y, dicho sea de paso, los ámbitos de poder universitario. Como las disciplinas muchas veces se plasman en titulaciones, y las titulaciones en etéreas promesas de un futuro profesional relacionado con los estudios a los que uno ha dedicado algunos ratos durante su juventud, este debate es un poco más importante de Io que parece a simple vista para quienes se mueven fuera de este cerrado mundo. En el fondo, estamos hablando de Io que va a desaparecer del paisaje del conocimiento de una sociedad y Io que viene a sustituirlo, aunque así expresado suene un poco dramático. En e ámbito en el que nos movemos, es decir, aquello que tiene que ver con el modo en que se piensan, se reciben, se analizan, se disfrutan o se utilizan las imágenes y los medios audiovisuales, se trata de estudiar Io que, según quienes planifican estas cosas, resulta útil tanto para la sociedad como para el sostenimiento económico de sus estructuras de enseñanza, cada vez más sentidas como un IuJo innecesario.

Hoy en día, parece que los vientos soplan a favor de un titulado que sea capaz a Ia vez de redactar una crítica de cine, reseñar una exposición de Rembrandt, perseguir a un famoso con una cámara, entrevistar a un concejal en la emisora local, editar una serie de televisión provinciana y hacer un tríptico para un congreso, si es posible sin faltas de ortografía. Las consecuencias de esta disparidad y profundidad de conocimientos requiere la recomposición de una estructura de saber tradicional por otra más adecuada a estos objetivos. Y esto se plasma, también, en un nuevo modo de entender las disciplinas que han de colaborar en la justificación de estos cambios. Las ensenanzas basadas en el estudio en profundidad de la tradición y de las condiciones de aparición de algún fenómeno audiovisual han de dar paso a perspectivas más dinámicas, interdisciplinares, abiertas a un comparatismo definido por la asociación inmediata y frecuentemente caprichosa, capaz de hablar en un mismo contexte de la iconología maya, de los efectos ópticos de la pintura barroca y del cine independiente americano. Consecuentemente, esto exige un nuevo tipo de docente, más vinculado a la especulación teórica (y por Io tanto asociativa) que al conocimiento minucioso del detalle histórico o del contexte del que es resultado. De este modo, James Elkins comienza por poner el eje del debate en este ámbito profesional: “Sería imposible contratar [por parte de las universidades] especialistas en la miríada de prácticas visuales, sin embargo resultaría factible recomponer el currículo para que la visualidad, la visión y los media se convirtieran en las materias, en vez de, pongamos por caso, el arte japonés. (…) [L]as Iimitaciones prácticas de la universidad hacen imposible contratar especialistas para cada práctica visual, de ahí el énfasis en la teoría. La estrategia en este tipo de programas es evitar hacer cortes en la historia de acuerdo con líneas predefinidas, escapar de la desfasada historia de los estilos y abrir el estudio de Io visual a un ámbito de reflexiones mucho más incluyente.” (pág. 38)

Pero uno de los problemas de la teoría frente a las disciplinas tradicionales asentadas en una base histórica, filológica o filosófica es que, como sabemos, es más mudable. Las teorías pasan de moda a una velocidad de vértigo. De hecho, parece que estamos en unos tiempos en los que algunos artículos o el número monográfico de una revista (en el caso que nos ocupa October o Journal of Visual Culture) tienen un poder casi decisivo para alumbrar y ofrecer la definición conceptual de una nueva disciplina. Y detrás de ese aliento podemos comprender la subsiguiente puesta en marcha de un mercado editorial relacionado con ella, de un nuevo concepto al que asignar programas de doctorado, de tesis y antítesis que serán debatidas en congresos ad hoc y que posiblemente mantendrán vigente las discusiones sobre la naturaleza de la disciplina recién inventada al menos durante una década. Algo de esta dinámica encierra el escepticismo que aparece en el propio título del libro de James Elkins, aunque él valore y comparta este nuevo tipo de aproximación. En cierto modo, de los dos libros que nos ocupan en esta reseña se desprenden una serie de principios más o menos comunes en la definición de la nueva disciplina, aunque les distancie el tono de la discusión por el contexte en que aparecen. Dicho en otras palabras, mientras el libro de Elkins da cuenta de un debate que ya tiene más de una década en el ámbito anglosajón de la enseñanza superior el editado por José Luis Brea supone una de las primeras aportaciones en España sobre el tema. Esto afecta profundamente al modo de abordar la cuestión. James Elkins presenta sus argumentes con ligereza pedagogica no exenta de rigor (da Ia impresión de que su argumentación forma parte de su programa docente en el Art Institute of Chicago) mientras que José Luis Brea enmarca su antología de textos, algunos de ellos de notable interés, con un prologo engolado que parece buscar la aquiescencia de aquellos a quienes estas cosas les pueden parecer demasiado modernas y poco académicas. La labor introductoria de Brea de este tipo de estudios en España, por cierto, se puede seguir a través de la revista que dirige (Estudios Visuales) vinculada al Cendeac (www.estudiosvisuales.net).

Por decirlo de manera muy condensada, Elkins pretende situar los estudios visuales en un nuevo espacio de límites difusos con respecta a los estudios culturales y la denominada “cultura visual”. Frente al modo en que estas ultimos dirigen su atención hacia el significado social de los textos sobre los que trabajan, parece posible la existencia de un marco que, sin abandonar estas principios de proyección social (o cultural, como es más apropiado decir ahora), pueda centrar su trabajo en la naturaleza de lo visual y las formas en las que se plasma. En otras palabras la asociación de modes de ver y de representar a través de las imágenes y a Io largo del tiempo en cualquier tipo de medio o soporte e independientemente de cuál ha sido su función o uso social.

La conditión de partida sigue siendo la que vemos en la tradición notablemente asentada de los estudios culturales: interdisciplinariedad, diálogos asociativos entre objetos de estudio de diferentes naturalezas y una perspectiva más o menos encubiertamente ideológica que guía la interpretación. Los referentes canónicos a la hora de la citación también establecen una serie de lugares comunes que no son tremendamente innovadores: fundamentalmente algunos aspectos del pensamiento de la escuela de Frankfurt mezclado con algunos epigonos del postestructuralismo (Foucault y e último Barthes a la cabeza) y el inevitable componente de subjetividad psicoanalítica lacaniana. Pero Io específico del debate en torno a la nueva disciplina es su relación con la que viene a suplantar y hacia la que dirige su proceso de deconstrucción. Por lo menos es la impresión que da desde fuera. Se trata de la disolución de la historia del arte, tal como era entendida hasta hace poco, en un momento en que el conocimiento de la tradición (historia) y de las bases filosóficas y estéticas que sancionaban su lugar (del arte) ha pasado a un segundo lugar. Incluso el propio objeto de estudio se ha difuminado. Así como la historia de la literatura y la estilística fueron desmantelados hace anos por los estudios culturales y comparatistas, la historia del arte tenía que pasar tarde o temprano por un proceso semejante. Por cierto, en las carreras de historia del arte todavía sobrevivían, como testimonio de otros tiempos, las asignaturas de “historia del cine…”. Los títulos más modernes (Comunicación Audiovisual por ejemplo) las han cubierto bajo el velo de esos “modos de representación cinematográficos” que igualmente eluden entrar en los anticuados e irresolubles problemas de la historia y de la estética.

Elkins establece una serie de puntos didácticos que sirven para apuntar el posible desarrollo de la nueva disciplina (Io argumenta irónicamente como un decálogo para “hacer los estudios visuales más difíciles”) y sanciona definitivamente la necesidad de recurrir a todo tipo de manifestaciones de lo visual como proyecto de future. En el fondo late un impulse redentorista que, en parte, sorprende. Se trata (una vez más) de demoler las fosilizadas perspectivas académicas tradicionales, como se hace mucho más evidente en la defensa de una cierta “resistencia” epistemológica que se desprende aún más claramente en la mayoría de los textes de la antología de José Luis Brea. En el caso de Elkins se plasma incluso en las estrategias de escritura, que por cierto me parecen en ocasiones efectivas. En su libra hay un correlato de imágenes más o menos incardinadas con el texto (al modo del diálogo que establece John Bergen cuyo estilo antiacadémico inspira a Elkins en ocasiones) que resultan tan sorprendentes como difíciles de interpretar más allá de la referencia privada, pero que al mismo tiempo producen un diálogo sugerente.

Por su lado, en la selección de Brea se definen estrategias discursivas más convencionales y académicas en los capítules conceptuales. En la segunda parte, dedicada a los “case studies” y a interpretaciones más centradas en el contexte, se ofrecen reflexiones que van de las portadas de discos de jazz a algunos fenómenos de la cultura americana como el valor simbólico de los grandes automóviles de apariencia militar. No puedo negar que en la lectura de los análisis reconocía trazos de algunas viejas figuras aparentemente momificadas pero inquietantemente vigentes incluso en esos discursos que se pretenden tan modernos: el análisis de la realidad como representación, la proyección de mecanismos más o menos semiologicos sobre elementos de la vida cotidiana y la mirada analítica sobre los productos de la cultura de consumo. En fin, historias ya bastante antiguas aunque aderezadas por envoltorios en los que no falta la referencia a la globalización, la hipertextualidad moderna y una visión cruzada con la tecnología postindustrial.

La definición de la nueva disciplina se plantea por Io tanto como discurso alternativo, resistente, que no se detiene en poner en cuestión los objetos tradicionales de estudio, como nos muestra palpablemente el estudio de W.J.T Mitchell sobre el cuestionamiento moderno del medio y de la materia. Pero resulta revelador que esa alternativa se vaya configurando como una voluntad de “no ser”. No estoy entrando en cuestiones filosóficas profundas, esto del “no ser” debe ser entendido de manera literal. De la lectura de los libres mencionados parece desprenderse que el proyecto de los estudios visuales comienza a definirse básicamente desde la negación de los sistemas de saber establecidos, pero sin dejar de aprovechar parasitariamente aquello que consideren útil o rentable. DeJo al lector con una afirmación que me parece el mejor corolario posible de la actitud que sostiene este proyecto. No cabe duda que se corresponde perfectamente a nuestros tiempos. Pertenece al artícule de Matthew Rampley incluido en la selección de Brea: “Podemos aprender una importante lección del destino de los Estudios culturales. Establecidos originalmente como una serie de polémicas en contra de los valores políticos y culturales que apuntalan el estudio de la literatura y las humanidades tradicionales, los Estudios culturales mismos se han estancado en varias formas institucionales. Su dinamismo crítico se ha perdido, en gran parte, en el proceso de convertirse en una disciplina dentro del discurso académico. BaJo este prisma, posiblemente la manera de abordar los Estudios visuales no sea verlos en absoluto como un campo de estudio, sino solo como una serie de intervenciones estratégicas dentro de disciplinas existentes (…) Por supuesto, esto presenta a los Estudios visuales como parasitarios de otros campos de estudio, pero de este modo se recalca su lógica fundacional, la de no ser Historia del ante, no ser Estudios culturales, no ser Historia del cine o la fotografía, etc. También los libera de la osificación que amenaza con acabar con las disciplinas establecidas” (57).

Vicente J. Benet

Copyright Filmoteca de la Generalitat Valenciana Jun 2005

ANTE LA REDEFINCIÓN DE LAS DISCIPLINAS JAMES ELKINS: Visual Studies. A Skeptical Introduction, Londres y Nueva York, Routledge, 2003

JOSÉ Luis BREA (ed.): Estudios Visuales. La epistemología de la visualidad en la era de la globalización, Madrid, Akal Estudios Visuales, 2005

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