El hombre del maíz

Según los antropólogos, los indios de la prehistoria domesticaron el maíz en el Valle de México entre los años 5000 y 4000 a.C. Los indios lo llamaron toconayo “nuestra carne”. De hecho los antiguos creían que los dioses habían moldeado a los seres humanos de maíz y durante algún tiempo se conoció a los mexicanos como “los hombres de maíz”.

La procesión “El hombre del Maíz” del artista Alfadir Luna es una propuesta que parte de los niveles más afectivos de la Merced: comerciantes y representantes de los diez mercados construyen la unión simbólica a través de una procesión que está buscando un sincretismo al interior de su propia carne.

Aceptar en el fondo la voluntad de confrontación por el maíz se convierte en una lucha por el deseo, por los orígenes de muchas culturas. Los hijos del maíz son el deseo en sí mismo, un deseo productivo y expresivo que constituye la condición ética del hombre, el principio instaurador que da al sujeto la posibilidad de promover sus afectos alegres, de reconocer a los otros en su diferencia y de organizar sus relaciones de manera racional y útil para todos. Individuos activos y creadores de valoraciones, individuos que no desprecian las pasiones sino que cuentan con ellas para convertirlas en potencia del ser y que puede resumirse en la siguiente frase: Hacer todo lo que se pueda para que el deseo se materialice.

“El hombre del Maíz” está buscando algo más que una simple economía de intercambio propuesta por el  mercado anglosajón. Los mercados públicos de México constituyen algo más que comunidades regidas por el dinero o la mercadotecnia. El nacimiento de comunidades mágicas, religiosas, escrituradas y amorosas forman parte de un neoplatonismo mexicano que intenta rescatarse a sí mismo de la ruina impuesta por otros.

¿Las razones?, el dinero sacia el deseo, la economía de intercambio limita las relaciones humanas, el intercambio no hace al lenguaje; no enuncia nuevos significados, sólo la reiteración de enunciados, un diccionario capaz de contener palabras que no le pertenecen, modelos de vida ofrecidos como automóviles y vendidos como inspiración ya no son suficientes.

La propuesta consiste en devorar  todas las economías del mercado, ser más rapaces, más depredadores, tomar de los productos nuestras maneras de consumir nuestros deseos. La construcción de vacío como principio para construir sociedades, el vacío como posibilidad necesaria para construir lazos. El deseo como la esencia del hombre, el deseo visto como apetito acompañado de la conciencia de sí mismo,

“… el deseo consiste en querer ser, en esforzarse por perseverar e intensificar la actividad, en hacer ser. Es fundamento y no ilusión”. No se define por la carencia sino por la propia potencia y su norma no es la subordinación o la renuncia sino el ejercicio autorregulado. Además, por ser esencia actual y por ser reales sus efectos, no pertenece al orden de lo posible sino al de lo real. Más aún, en cuanto factor disolvente y constituyente opera como verdadero principio de realidad, que instaura un nuevo orden del hacer y del poder”.

Para el psicoanálisis, en cambio, el deseo implica una dimensión más allá del sujeto mismo, algo que lo controla, que lo rige, que le dicta lo que ha de hacer e incluso pretende a veces dictarle también lo que ha de ser. El deseo, afirma Lacan, es el deseo del Otro. Por tanto, es lo que antecede al sujeto y en esta medida, tiene deparado para él un “ser” o si se quiere, un cierto “destino” al que le exige acoplarse. Es en función de dicha exigencia que el deseo causa las acciones en el sujeto y todo ello, como hemos dicho, mediante el lenguaje, que en este contexto equivale a su materialización.

En consecuencia, el vacío como posibilidad consiste en generar diálogos entre los diferentes niveles de organización, tanto verticales como horizontales dentro de la Merced: mesas directivas, mayordomías, religiones, grupos de comerciantes, indígenas, campesinos urbanos permiten la invención de una imagen, un rito que antes no existía alrededor de grupos originados por culturas diferentes. Los hijos del maíz vistos como niños en búsqueda de su propia identidad:

Freud refiriéndose a las pulsiones y a la forma en que todo educador -llámeselo padre o maestro- suele reaccionar ante ellas movido quizá por una noble pero casi siempre mal concebida intención educativa, recomendaba, ante todo, no intentar poner un dique a las pulsiones, no intentar sofrenarlas ni dosificarlas, ni educarlas ni mucho menos erradicarlas con medidas represivas -que antes que dejar en el niño alguna noble enseñanza podrían más bien dejarle lamentables secuelas-, sino “reorientarlas”, intentar reconducir toda esta energía habitualmente orientada en los niños hacia actos agresivos u onanistas, hacia actos más sublimes o si se quiere, más acordes con requerimientos culturales tales como el arte o la ciencia pero sobre todo, más “justos” con la capacidad creativa del niño.

Al final, la construcción de la comunidad es una sentencia en la que cabe todo, pero que está motivada por el papel que cada integrante juega para reclamar al símbolo del maíz como parte de su historia. Evitar el intercambio a toda costa frente a la adopción de las distintas sensibilidades sociales motivadas por el deseo. El artista provoca algo en contextos ajenos al arte. Se introduce en contextos culturales para generar diálogos a partir del deseo y al vacío como posibilidad. No hay respuestas sino preguntas, muchas preguntas.

Mariano Carrasco Maldonado.

Referencias:

(1992) FERNÁNDEZ, Eugenio, “El deseo, esencia del hombre”. En Atilano Domínguez (Dir.), La ética de Spinoza. Fundamentos y significado. Actas del Congreso Internacional: Almagro, 24-26 de octubre, 1990. Colección estudios. Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha.

(1980) LE BRUN, Charles, “Conférence sur l’expression des passions” (1668), Nouvelle Revue de Psychanalyse, 21, printemps, pp 95-122.

(1972) DESCARTES, René, Las pasiones del alma, Ed. Península, Barcelona.

(1915) FREUD, Sigmund, Pulsiones y destinos de pulsión (Tr. James Strachey, 1978), Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires.

(1913) FREUD, Sigmund, El interés por el psicoanálisis (Tr. James Strachey, 1978), Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires.

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