Transcodificar a Dios

De la caída de la Torre de Babel nacieron los múltiples lenguajes de la humanidad, inaugurando una era de confusión que sucedió al sueño de un mundo unificado y lanzado al asalto del futuro.

Luego, hubo una idea nueva, la traducción.

Más allá del mito posmoderno de Babel, el prefijo “alter” remite a otro episodio bíblico: el del éxodo. Si nos detenemos en aquel momento determinante de la historia del pueblo hebreo que fue la salida de Egipto, aparece, en una especie de síntesis sorprendente, la cuestión crucial que la cultura se plantea a

sí misma actualmente. En efecto, con el éxodo los hebreos se ponen en marcha, dejando tras de sí la máquina estatal egipcia, sus pesados dioses estrictamente codificados, sus pirámides y su obsesión por la inmortalidad. Peter Sloterdijk escribe que el éxodo representa el momento en que “se deben reevaluar las cosas desde el punto de vista de su transportabilidad – corriendo el riesgo de dejar tras de sí todo lo que es demasiado pesado para portadores humanos”. Lo que está en juego entonces es “transcodificar a

Dios, hacerlo pasar del medio de la piedra al del pergamino”.

En una palabra, pasar de la sedentaridad cultural a un universo nómada, de una burocracia politeísta de lo invisible a un dios único, del monumento al documento. Lo que el pueblo hebreo realiza entonces, en el campo teológico, tiene su vinculación con el contenido latente del espíritu moderno, cuyo rasgo fundamental consiste en oponerse a la territorialización, a la fuerza de atracción de la tierra como origen y fin en sí, a la esclerosis del espíritu en la autoridad del monumento. En última instancia, lo moderno no es otra cosa que un éxodo, la reconstrucción en movimiento de las estructuras de la comunidad, el acto de su desplazamiento hacia otro espacio.

Existe una historia de la Diáspora de las formas: el modernismo del siglo XX podría definirse en ella como el momento histórico del descubrimiento de las tradiciones artísticas del mundo entero, desde la estatuaria africana hasta las máscaras de las Nuevas Hébridas (República de Vanuatu), y su reevaluación en función de todo lo que se juega en el presente. Hoy en día, la perspectiva queda invertida, y la cuestión consistiría más bien en saber cómo el arte podría por fin definir una cultura globalizada y vivir en ella, contra la estandarización que presupone la globalización.

A nivel colectivo, se trata en última instancia de la invención de un mundo común, de la realización práctica y teórica de un espacio de intercambios planetarios. Ese mundo compartido (en el espacio de la traducción) activaría el “relativismo relativista” que Bruno Latour opone al relativismo posmoderno, es decir un espacio de negociaciones horizontales y sin árbitro. Henos aquí incitados a circular entre representaciones del mundo, a practicar la traducción, a organizar los debates de donde saldrá una nueva inteligibilidad común.

Esto resulta tanto más importante cuanto que hoy, en medio de la agitación permanente impuesta por la globalización económica, la cosificación, en sus múltiples variedades, ejerce con más fuerza que nunca su  imperio. Frente al desafío que representa para la cultura y el arte, importa pues volver a poner las cosas en movimiento, crear un contra-movimiento, disponerse a un nuevo éxodo.

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