En torno al indígena americano y la codificación de su lengua.

“[…] si no conozco la significación de las voces, seré para el que me habla un bárbaro, y el que me habla será para mí un bárbaro […]” (Corintios 14; 9, 11).

Objetivos

En la etapa de transición hacia la historiografía moderna, el ‘descubrimiento’ de América dejó de ser el centro de atención de los europeos en beneficio de la ‘conquista’, vocablo rechazado con el tiempo en virtud de que se estimaba que la acción de España en América incluía la educación y la evangelización de los indios.

En este sentido, los evangelizadores, ante la duda de enseñar a los indios el castellano o de aprender ellos las lenguas indígenas para evangelizarlos, se decantaron por la segunda opción -tras haberse valido de jóvenes indígenas como intérpretes (Martinell Gifre, 1 992: 1 51 -1 71 )- y emprendieron la descripción gramatical de las lenguas americanas:

“como el primer fructo que se dessea coger, es el de la sancta fe, y este no se halle sino por medio del oydo, y el oydo se instruya y cultive por medio de la predicación, y esta sea imposible qual debe si el que predica no sabe la lengua, es necessario […] que los ministros de la predicación estudien y trabajen por alcanzar caudal en que han de predicar” (Rincón, SJ, [1 595] 1 885:9).

Dicha descripción gramatical, basada en la comparación lingüística con el castellano y el latín,1 entró de lleno en la discusión en torno a la naturaleza del indio (Gerbi, 1976; Delgado-Gómez, 1993; Borrero Barrera y Cala Carvajal, 2003). En defensa del indígena salieron diversos misioneros, entre los que destacó Fray Bartolomé de las Casas, para quien los indios de América no eran bárbaros por desconocer gobierno o leyes, sino por carecer de escritura:

“A Ia segunda clase de bárbaros pertenecen aquellos que carecen de un idioma literario correspondiente a su idioma materno (idioma literario que, entre nosotros, es el latín)” (Bartolomé de las Casas, 1975:1 26).2

La identificación del “idioma literario” con la lengua latina trazaba un punto de unión entre la lengua romance y las lenguas americanas, pues ninguna de ellas había sido codificada. En consecuencia, los humanistas redactaron gramáticas de las lenguas romances aplicándoles el modelo gramatical latino clásico. De la misma manera procedieron los misioneros, con fines distintos, al gramatizar las lenguas americanas con miras a dignificar, en numerosos casos, a estas últimas y a sus hablantes.

Consecuentemente, nuestro propósito es constatar que la descripción gramatical de las lenguas indígenas no solo estaba condicionada por el modelo gramatical castellano-latino, sino que aportaba, explícita o implícitamente, valores meritorios y paritarios entre los sistemas lingüísticos descritos (latín, castellano, lenguas indígenas) y sus hablantes en la medida en que los sistemas lingüísticos comparados se asemejaban o no.

Para demostrarlo, tras considerar la situación lingüística de América, hemos clasificado los testimonios lingüísticos (del período colonial) en dos apartados: el primero se circunscribe a algunas reflexiones fonético-fonológicas; el segundo, a algunos rasgos de la sintaxis del sintagma nominal y verbal.

1 . De las lenguas americanas

La gramatización de las lenguas romances en el Renacimiento se vinculó en múltiples estados a la expansión territorial y a la unificación política bajo el poder real (Alvar, 1984), circunstancia que generó la necesidad de unificar la comunidad lingüística mediante la “lengua oficial”, la cual deviene en “lengua nacional” gracias a su legitimación y prescripción por la administración y la escuela.

En la misma línea, lo que propicia que una “lengua” se imponga en una comunidad lingüística es su artificiosidad y su neutralidad. Gracias a la primera, la “lengua” se desvincula del uso y la variación; gracias a la segunda, la “lengua” se acepta en la comunidad lingüística ‘voluntariamente’ (Nadal, 1999:19-20). Resultado de Io precedente es la estandarización de la “lengua”, entendida como “el procès [social] d’introjecció en eis parlants de les normes linguistiques supradialectals” (Lamuela, 1994:114), definición que permite distinguir entre codificación (establecimiento de normas lingüísticas) y estandarización.

De aplicar Io precedente a América, no sorprende que la expansión transatlántica española originara una política lingüística materializada en una pedagogía propia (Borges Moran, 1986; Baudot, 1990; Bayle, 1992; Gambra, 1992) y en la redacción de artes y vocabularios de las lenguas generales con el ánimo de codificarlas y estandarizarlas, tarea harto difícil:

“Una de las cosas mas dificultosas, […] es, el componer y ordenar Arte de […] alguna lengua […] y si esto es assi en […] las mas sabidas […] quanto mas Io sera en esta lengua del Peru, […] nunca hasta ahora redduzida a Arte” (Santo Thomas, [1 560] 1 951 :1 3).

Lo anterior hacía meritoria a la gramatización de las lenguas americanas del reconocimiento dispensado a Ambrosio Calepino o Antonio de Nebrija:

“aquellos autores toda su solicitud, cuydado y trabajo, se feneció en reboluer libros […] Pero el nuestro […] ha sido dias y noches desvelarnos en desentrañar sus meros significados […]” (Córdoba, [1578] 1942:”Prefactio al estudioso lector”);

sobre todo porque los calepinos se fundaban en la autoridad de los literatos, mientras que los vocabularios únicamente registraban equivalencias semánticas.3

Sin pretender menguar su dignidad, el P. Acosta, SJ afirmaba que “el idioma índico no Ie llega a cien leguas en dificultad al hebreo o caldeo; y en la prolijidad y abundancia múltiple y difícil de aprender del griego o latín, se queda muy atrás”;4 convencido estaba de que “en unos pocos preceptos se pueden encerrar” su normas gramaticales (Acosta, SJ, [1582] 1952:IV, 361-362). Este último punto condicionaba el estatus de una lengua visto que su “perfección y valor […] se deue tomar […] de poder ser reducida a arte” (Villalón, [1558] 1971 :5).

Asimismo, el axioma nebrisense “siempre la lengua fue compañera del imperio” vinculaba la conquista política de un pueblo a su asimilación lingüística5, de modo que el castellano culminaría en América con el tiempo la uniformidad lingüística iniciada por algunas lenguas americanas (el náhuatl y el quechua).

En lo que atañe al contacto de lenguas en América, este desembocó en el préstamo léxico (Buesa y Enguita, 1992; y Cala Carvajal, 2000, 2001 , 2001-2002) y en la amalgama lingüística de los sistemas en contacto, respectivamente:

“Los indios usan ya de muchos vocablos tomados de la lengua española, o porque no los ay en la suya, o porque se les han pegado con el trato de los españoles, como Candelera” (Bertonio, SJ, [1612] 1984:A 7vo- A B ro);

y

“los yndios ladinos […] españolizan lo que hablan […] y yerranlo tanto que ni bien hablan su lengua, ni bien imitan la nuestra” (González Holguín, SJ [1607] 1975:f.119r).

Respecto al bilingüismo en la América colonial, Aldrete lo describió como bilingüismo diagonal y a los indios, como bilingües tardíos y pasivos:6

“segO me e informado de personas, que an estado […] en aquellas partes, los Indios […] saben hablar Romance mas, o menos bien […], i todos los mas lo entienden […] pero vsan lo poco” (Aldrete, [1606] 1993:146).

Junto con las cuestiones relativas al bilingüismo, la percepción del oírose erigió en motivo de polémica, puesto que en dicha percepción todo se convirtió en bárbaro (Elliot, 1969; Todorov, 1987; Bartra, 1996; y Borrero Barrera, 2000/2001 ), consideración trasladada a las lenguas americanas.

Así y todo, muchos cronistas y misioneros loaron las lenguas americanas con el fin de reclamar un trato justo para los indios. Para ello implantaron el alfabeto occidental en las lenguas americanas en vista de que, de acuerdo con Aristóteles, “no hay cosa en que más se conozca el ingenio del hombre, que en la palabra y el lenguaje” (Santo Thomas, [1560] 1951:9). Asimismo, el dominico se basaba en la idea de que una lengua es bárbara si “está llena de barbarismos y de defectos”.7 De carecer de ellos, ni la lengua ni sus hablantes eran bárbaros: “os han querido persuadir, ser los naturales […] del Peru barbaros […]. Lo qual […] conoscera V.M. ser falso, si viere por este arte, la gran policía que esta lengua tiene […] y si la lengua lo es, la gente que usa della […] con la de mucha policía la podemos contar” (Santo Thomas, [1 560] 1951 prólogo al rey).

A las palabras del dominico cabría sumar otros testimonios laudatorios de las lenguas indígenas.8 Sirva como muestra el léxico de la lengua náhuatl, idioma destacado por la “gran multitud de vocablos y maneras de decir metafóricas” (Olmos, [1547] 1993:9) y por la formación de nombres abstractos:

“No es tan fácil encontrar una lengua más apta que la mexicana para tratar las materias de la metafísica, […] pues pocos son en ella los verbos de los cuales no se formen verbales correspondientes a los en io de los latinos, y pocos son también los nombres sustantivos o adjetivos de los cuales no se formen nombres abstractos” (Clavijero, SJ, [1780] 1987:546).

Del mismo modo, la prolijidad del léxico descansa en la precisión semántica de algunas lenguas americanas:

“para dezir lleuar una cosa […] en la lengua Aymara se mira, si la cosa que se lleua es persona, o animal bruto, si la cosa es larga, si pesada, o ligera; porque […] según estas calidades son diuersos los modos de lleuar” (Bertonio, SJ, (1612] 1984:A7 ro-vo).

Finalmente, la comparación de las lenguas indígenas con el latín y el castellano descansaba en el hecho de que las gramáticas de aquellas imitaban las gramáticas latinas y las romances (Alvar, 1992; Calvo Pérez, 1994a; Galeote, 2002).9 Sin embargo, el abandono del molde latino-romance se hizo inevitable:

“No es possible guardarse en todo un mismo methodo y arte, en enseñar todas las lenguas […] Por lo qual hauiendo yo de escreuir arte […] [de] la lengua mexicana no me […] he querido obligar a seguir del todo sus reglas [las del latín] […]. De manera que en aquello que me e podido aprouechar de la gramática latina siempre me yre arrimando a ella pero en las demás cosas […] a sido forçoso reducirlas a nueuas reglas” (Rincón, SJ, [1595] 1885:11-12).

2. La descripción gramatical de las lenguas indígenas

2.1. Fonética y fonología

Nebrija dividió su Gramática de la lengua castellana (1492) en cinco libros, en consonancia con las unidades lingüísticas letra (ortografía), s/7aba y acento (prosodia), palabra (etimología) y oración (sintaxis), unidades cuyo estudio es abordado en las gramáticas americanas, especialmente el de la unidad “palabra” desde la perspectiva de la corrupción: “[los indios] vsan de barbarismo, que es tomando términos nuestros, y aprovechándose dellos, corrompiéndolos” (Santo Thomas, [1560] 19511 74 r).10

En cuanto a las reflexiones en torno a la fonética y a la fonología de las lenguas americanas en los textos coloniales, el agrafismo y la pronunciación marcaron su carácter bárbaro.

Dejando a un lado la existencia o no de un sistema gráfico indígena (Borrero Barrera, 1998, 2002), es indiscutible la voluntad de romancear la tradición precolombina mediante el alfabeto romano castellanizado, sin que por ello la Iglesia renunciara a la escritura de los nativos para difundir el catecismo valiéndose de los alfabetos mnemotécnicos, basados en la capacidad de memorizar visualmente; de los catecismos “mixtos” en que convivía la letra latina con “pinturas” (Resines Llórente, 1992); y de los manifiestos escritos en lengua indígena transcrita con grafías latinas.

En consecuencia, son distinguibles tres etapas en la escritura en el Nuevo Mundo. Una primera etapa en que prevaleció la forma gráfica autóctona; una segunda de convivencia de esta con la letra latina; por último, una tercera de predominio de la latina, si bien la inadecuación de la grafía latino-castellana a algunos sonidos indígenas hizo que se propusieran grafías nuevas y signos diacríticos.11

Como ya hemos apuntado, otro índice desde el que se consideraron las lenguas americanas fue la pronunciación, índice estrechamente ligado a la representación gráfica de los sonidos. Consecuentemente, se establecerán correspondencias entre los signos gráficos latino-romances y los sonidos indígenas12 con el fin de fijar por escrito las formas habladas siguiendo una norma ortográfica común (Díaz y Bustamante García, 1986).

El proceder habitual consistió en identificar, por un lado, los sonidos consonanticos del castellano ausentes en la lengua indígena y, por el otro, sonidos indígenas articulados de forma similar en castellano o en latín:

“en esta lengua [náhuatl] les faltauan algunas letras de las que nosotros tenemos en nuestro abecé […] las letras que les faltan son […] b, d, f, g, r, s, aconsonante […] A las otras letras que tienen comunes con nuestro romance les dan el mismo valor que nosotros, y aunque en la pronunciación mas parece allegarse al latin que no a nuestro romance […]. Y ansi usan de dos //como en el latín que dezimos villa, y no como en el romance que dezimos marauilla.” (Olmos, [1547] 1993:197-198). 13

Aparte de prestar atención a la descripción articulatoria de los sonidos, los misioneros registraron variantes diatópicas y sociolectales, respectivamente:

“que quanto a la congruidad de la lengua los Mexicanos y Tetzcuanos hagan ventaja a otras prouincias, no la hazen en la pronunciación, porque los mexicanos no pronuncian la m ni la p; y ansi por dezir Mexico dizen exico” (Olmos, [1547] 1993:198);

y

“Los varones no pronuncian la v, consonante, como en la lengua Castellana se pronuncian las dos ?, ? de la palabra vivo […] pero las mugeres Mexicanas pronuncian la v, consonante como se pronuncia en la lengua Castellana” (Carochi, SJ, [1645] 1983:1 ro).

Del mismo modo, notaron los rasgos fonéticos de la nasalidad, la cantidad vocálica y la tonalidad, desconocidos en el sistema fónico castellano:

“Tienen otra por las narizes como los gangosos entre nosotros; ponerseha de encima de la silaba que demanda esta pronunciación, esta señal ù” (Cárceres, [1580] 1905:40);

“muchos destos passiuos la tienen larga [la penúltima sílaba], y muchos la tienen breue. […] Difficiles reducir esto a regla” (Carochi, SJ, [1645] 1983:434, f.34v);

y

“una cosa, diciéndola apriesa ó despacio, alto o baxo, tiene diferente significación” (Herrera, [1601] 1947:VI, 462).

La dificultad de sistematizar rasgos fonéticos como los mencionados desaconsejaba su tratamiento minucioso en las gramáticas en tanto que lo único que se conseguía era “oscurecer a los principiantes la claridad de este Arte, y ofuscarles […] con el accento grave, el accento agudo, y el accento circunflexo, o saltillo” (Guerra, [1692] 1900:pfo. 19). Con todo, algunos gramáticos se apresuraron a constatar que lo anterior no menguaba la dignidad lingüística del sistema descrito:

“Esta h sin/e mucho para quitar en esta lengua aquello que los autores antiguos llamaron saltillo, que no me parece sirva para otra cosa, que para darles que estudiar más a los principiantes; porque si con aquel saltillo quieren dar a conocer las sílabas breves o largas, para librarse de los equívocos que en esta, como en todas las lenguas hay, no habiendo rigurosa prosodia en el Mexicano, como en el latino, no se puede dar regla general […]. Y esto no me parece imperfección en la lengua Mexicana, como no lo es en nuestro Castellano, la multitud de unívocos, equívocos y análogos, que conocemos y decimos” (Tapia Zenteno, [1753] 1885:8)

Por último, cabe subrayar que algunos dignificaron las lenguas americanas a través de la ‘facilidad’ articulatoria y la representación gráfica:

“la gran policía que esta lengua tiene […], las maneras diversas y curiosas de hablar, el suave y buen sonido al oydo de la pronunciación delta, la facilidad para escrivirse con nuestros caracteres y letras” (Santo Thomas, [1560] 1951 :8-9).

2.2. El sintagma nominal y el sintagma verbal

De acuerdo con la historiografía lingüística, los cuatro modelos lingüísticos en que se clasifican los estudios gramaticales son la gramática tradicional, la gramática comparativa, la gramática estructural y la gramática generativa, siendo de todos ellos la gramática tradicional el modelo más abarcador.

En lo que concierne al s. XVI, la restitución de la latinitas y el estudio del griego y el hebreo replantearon los principios gramaticales y lingüísticos (Carrera de la Red, 1988).14 En efecto, hay que separar, por un lado, la grammatica exegetica, cuyo objeto era el análisis filológico de textos; por el otro, la grammatica methodica, cuyo cometido era sistematizar la enseñanza de lenguas segundas (Roldan, 1976; Sánchez Pérez, 1992).

Dentro de la grammatica methodica, nuestra atención se centrará en la descripción del sintagma nominal y verbal de las lenguas indígenas en algunas gramáticas americanas con el objeto de poner de manifiesto los rasgos comunes y divergentes entre el latín, el español y las lenguas americanas.

En cuanto al sustantivo, las similitudes se localizan inter alia en la formación del número. Las divergencias, por su parte, son evidentes en la formación del género y en la formación de palabras:

“ay números […] como en la latina y española: y assi como en la española la différencia del numero […], esta comunmente en vna sola letra [la s] […] en esta lengua, la diction, o articulo del plural, es […] (cona)” (Santo Thomas, [1560] 1951 :ff.3-4);

“Discip. No puedo creer lo que se dize que en esta lengua no ay géneros […]. Maest. Lo que quieren dezir es, que […] por la terminación no busquemos el genero como en Latin y Romance.” (González Holguín, SJ, [1607] 1975:f.23r [=22r]);

y

“El arte de componer unos vocablos con otros, es muy útil […] porque los nombres en la composición sirven en la lengua mexicana de la variación de casos que tienen los latinos” (Rincón, SJ, [1595] 1885:51; y Carochi, SJ, [1645] 1983:75v).

En lo referente al sistema verbal indígena, los gramáticos misioneros dedicaron especial esfuerzo a su descripción por su mayor dificultad y por tratarse de la parte central de la oración:

“En todas las lenguas, assi latina como las demás, lo que tiene mayor dificultad es la materia de los verbos, porque en ellos consiste […] la armadura del bien hablar, y lo mesmo es en esta que, aunque a algunos parece barbara, tiene orden y concierto en muchas cosas, ni carece de algunos primores y buen artificio […]. Por tanto esta segunda parte se dilatara algo mas, assi por ser la materia della prouechosa, como por ser dificultosa” (Olmos, [1547] 1 993:67). 15

De la misma manera que se procedió en el sintagma nominal, los gramáticos expusieron los rasgos coincidentes y divergentes entre las lenguas que comparaban en sus escritos. Con miras a ilustrar lo anterior, aportamos los siguientes fragmentos:

“Todos los tiempos […] de que usamos en Latin y en Romance los ay en la Lengua distintos y en la manera que en Romance vnos son simples […] y otros son compuestos” (González Holguín, SJ, [1607] 1975:f.25v.);

y

“se les antepondrá a los [verbos] recíprocos aqueste adueruio, Agçto, a quien corersponde [sic] […] el Mexicano, Noma a los quales no ay en Latin ni en Romance otro que […] les equivalga” (Anónimo, 1990:47-48, 42r,v)

Algunos gramáticos, por su parte, señalaron la existencia de dos clases de verbos transitivos inexistentes en castellano:

“el Vno absoluto, que […] significa, que ad extra se exercita la acción del verbo Vg[J: Yo Amo[,] Yo doy, el qual toma en el principio e[n] la lengua mex[ica]na el semipronombre Ni- y este pronombre Te que corresponde al latino […] Aliquis, a ad L[atino] aliquid Vg[.] nitetlacotla[,] nitepaleuia etc. El otro es el que […] exercita su operación en sujeto proprio y adequado, Como Ego Amo Deum que […] es el que Rige casos de persona que hace y padece[.]” (Anónimo, 1990:5859, 47v,48r).

Pero donde alcanzó la gramática comparativa su máxima expresión fue en la descripción del tiempo, tal como se aprecia en la gramática de Valdivia, SJ:

“Estos dos tiempos mixtos, que en latin se dizen por participios de futuro (ego daturus eram) (ego daturus fueram) yo auia de dar, yo aula de auerdado, llamo mixtos, porque se mexcla en ellos el romance de Pretérito y Futuro, porque este romance auia, y auia de auer, son de Pretérito imperfecto, y Plusquam perfecto, y juntos con el dar, y auer dado, hazen futuricion mixta con preterición. Y nótese que todos los tiempos, que en latin se dizen por participio de Futuro en (rus) con todo el Indicatiuo de Sum es fui, se dizen en esta lengua de Chile por tiempos proprios del Indicatiuo, como ego daturus sum, fui. Pero se dize por el primero futuro (eluan) y ego daturus eram por el primero mixto, eluabun, y ego daturus fueram por el segundo mixto, eluuyeabun, y ego daturus fuero, por el segundo, eluuyean.” (Valdivia, SJ, 1606:11 3r).

3. Conclusión

A modo de conclusión, hemos constatado que los gramáticos americanos partieron del modelo gramatical latino y castellano en sus descripciones de las lenguas americanas no sólo para mostrar, tácita o abiertamente, las semejanzas y las divergencias entre las lenguas en cuestión, sino para adoptar una postura más o menos activa en el problema en torno a la naturaleza del indio. En efecto, abogaron en su mayoría por la igualdad entre los indígenas y los europeos en tanto que las lenguas americanas no eran ‘incivilizadas’, puesto que su gramática reflejaba una complejidad estructural semejante a la latina o castellana.

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