El sujeto como proceso de creación.

 

El lenguaje puede ser definido como estructuras de signos colocados en una librería o biblioteca ya que existe independientemente de su referencia a los hechos en el mundo de los deseos del sujeto. El significado se encuentra en la relación entre los signos, los cuales toman formas arbitrarias de asociación y construyen signos. De ese modo la subjetividad puede ser construida desde el lenguaje, la subjetividad también es un acto para jugar con los signos, actos de creación.

Mi deseo por escribir  -creo –  me salva de volverme loco, porque el lenguaje es exterior como materialidad significante, onda sonora, vibración en la garganta, voz, sistemas, escritura, símbolos, pero también es interior: significados, ideas pensamientos, palabras que nos colocan en una estructura al borde de la cordura mental.

El lenguaje me humaniza y me introduce en un simbólico para hacerme parte de alguna realidad. Palabras que nacen de un imaginario para introducirme en la pista de lo simbólico; y esto puede llevarse con Lacan cuando dice que el inconsciente está estructurado como lenguaje, mi realidad no puede ser sino una realidad simbólica. Mi lenguaje puede dirigir, construir, inflexionar o incluso falsear la manera de ver la realidad, la construcción de mis objetos se puede convertir en el exilio perpetuo del sujeto. Yo, soy Otro.

Cabe señalar que no me interesa la construcción del sujeto a través de la institución, el contexto socio-cultural o histórico, en cuyo caso traza al sujeto desde otras maneras y en cuyo caso existen autores que hablan sobre el tema6. Me interesa la estructura que le doy a mi narrativa porque considero que ahí se hace evidente la construcción de mi subjetividad, así como mi relación con otros grupos. La producción de mis objetos es una búsqueda de mi subjetividad. El lenguaje me atraviesa, el lenguaje me sustituye como sujeto, el lenguaje soy yo.

 

El problema desde Lacan.

Mi padre y mi madre están sentados a las orillas del mar. Ambos lanzan miradas al horizonte, miradas que no comprendo. Deseo preguntarles cuál es el significado de la vida; se arrojan nadando al horizonte y desaparecen. Ahora me encuentro lanzando miradas que no comprendo.

 

El sujeto desde lacan está dividido, a través de el signo S: $. En primera instancia, estamos alienados a través de construcciones del lenguaje. El sujeto es desprovisto de sí mismo ya que es atravesado por el orden simbólico. Tres órdenes constituyen al sujeto lacaniano: El real, el imaginario y el simbólico.  De manera que  nuestra experiencia es alienada y nos envuelve en la construcción de la subjetividad.

 

Lacan empieza su teoría con el orden imaginario, enfocándose en el escenario infantil y la construcción del ego en relación con otras personas. Posteriormente menciona al orden simbólico y el lenguaje como la construcción de la subjetividad. En conexión con el orden simbólico, Lacan introduce el concepto del Otro; primero como una estructura necesaria del orden simbólico – las estructuras del lenguaje y las palabras, las cuales son socio-culturales e históricas – dentro de las cuáles se encuentra sumergido el sujeto.

 

El concepto del Otro está relacionado en objeto a (la carencia del Otro), y esto puede ser entendido como el abismo del orden simbólico, lo cual provoca una producción de signos para  intentar rellenarlo. La interpretación del otro como fuerza dinámica en el proceso de significación está conectada con el Otro y lo Real. Lo real interrumpe continuamente nuestros procesos de significación porque mueve y dirige nuestras construcciones subjetivas.

 

Lo imaginario, Io simbólico y Io real, ésta última una noción inédita en ciencias humanas, en una topología llamada nudo Borromeo; una teorización del psicoanálisis propuesta por Lacan presentada en el año de 1953, en el marco de su “retorno a Freud”. Lo real distribuye la irreductibilidad, lo simbólico la unicidad y lo imaginario la representabilidad, y el nudo en su conjunto las colectiviza. No hay relaciones de orden ni de jerarquía entre ellos.

Lo Real (R): supone el hecho primario de poder constatar que “hay” antes que nada, es lógicamente anterior a toda cualificación por propiedades o discernimiento por nombres; se trata de lo Real en tanto imposible. Imposibilidad de contar y por tanto de pensar algo que, siendo multiplicidad inconsistente, sólo habrá sido en la suspensión de la estructura (cuenta-por uno) y la retroactividad de una nominación supernumeraria (ultra-uno), es decir que fuerza la estructura. Tal multiplicidad inconsistente sólo puede ser regulada mediante axiomas.

 

Lo Simbólico (S): implica el pasaje al “hay uno”, denota ya el registro significante y como tal la diferencia, es decir, el efecto de estructura que introduce la cuenta-por-uno; se trata de lo que permite el discernimiento de -y por- los nombres aún antes de cualquier cualificación en propiedades y clasificación de las multiplicidades. Determina la pertenencia  de los elementos al conjunto.

 

Lo Imaginario (I): es el “hay uno-uno” que conceptualiza el segundo operador de cuenta y registra las partes del múltiple-situación o sub-conjuntos. Se trata del estado de la situación o meta-estructura, que corresponde al registro de la significación y las re-presentaciones (realidad manipulable), puesto que separa en clases a los elementos-partes en función de propiedades de semejanza y diferencia, al hacerlo opera inclusiones y exclusiones. ( Ferrán, 2009)

 

Ahora bien, estos tres registros de la experiencia se hallan mutuamente anudados entre sí, según la tesis lacaniana, al modo de los redondeles de cuerda de un nudo Borromeo:

 

Todo simbólico tiene algo de imaginario y real

Todo lo imaginario tiene algo de simbólico y real

Todo lo real tiene algo de simbólico e imaginario.

 

Al final, el concepto de consistencia real examinado por Lacan a partir del anudamiento mismo de los tres registros (RSI): real, simbólico, imaginario. Es decir, donde lo real ya no será pensado en su autonomía relativa respecto a los otros dos registros, tal como era tratado en la primera parte de su enseñanza (50′ y 60′), sino en la articulación efectiva de los tres (70′).

 

El modelo formal de la construcción de la subjetividad: Lacan y Peirce

Para Lacan, la subjetividad es algo que representa al sujeto para algo más. Para decirlo en términos semióticos: la subjetividad es un signo (S1) que representa al sujeto ($) para otro signo (S2). Ésta es la misma fórmula triádica que se aprecia en el modelo de Peirce de la muestra. Este punto se puede ilustrar así:

 

 

 

Peirce acentúa de la misma manera que la construcción de signos como parte de una semiosis ilimitada, Lacan acentúa que la construcción de la subjetividad es parte de un proceso de muestra-cambio en curso. Pero aunque este proceso es ilimitado, tiene límites. Y éste es el tema para el paso siguiente.

Peirce brinda varias descripciones para el objeto de la semiosis.  Algunas veces el afirma que el objeto determina al signo, y el signo determina al interpretante. Otras veces plantea la posibilidad de un signo sin objeto, y Peirce sugiere la causa del objeto al signo, en otros casos, del signo al objeto, así como una cuestión de ambas. (Birgit, 2004).

La distinción entre objeto inmediato y dinámico permiten una descripción sobre la construcción del significado así como su búsqueda. El objeto dinámico es una especie de mano invisible que escribe la semiosis, el objeto dinámico puede ser considerado como un dinamismo, una especie de máquina que dirige el proceso de la semiosis derivando en una determinación final, alguna información o significado relativo al objeto. Incluso si el significado de la interpretación del signo falla en generar información relativa al objeto primero.

Ahora bien, Lacan cambió su punto de vista sobre lo Real; es decir, que recorrió desde los aspectos básicos, la ruptura, el pre-simbólico de la realidad, para entender el Real como el Otro del Sujeto. Lo Real como lo que está afuera detrás de las derivaciones del significado. Esto tiene consecuencias para la construcción de la subjetividad, porque es el mismo proceso del objeto dinámico hacia la semiosis ilimitada. ¿Qué es lo que mueve a las fuerzas dinámicas? Se sugiere que la respuesta está relacionada con lo Real y lo Otro del sujeto, en cuyo caso tiene el mismo sentido de construcción de  subjetividad relacionado al objeto dinámico e inmediato de la semiosis ilimitada.

El “Otro” de Jacques Lacan no se refiere a una persona, grupo o aparato ideológico, sino al orden del lenguaje-cultura en sí y que, por consiguiente, es colectivo. En cambio el “otro” sí remite al semejante, a alguien o algo específico; o sea que el Otro habla a través del otro.

De ese modo el sujeto está sujeto a lo inconsciente, siendo lo inconsciente el discurso del Otro. A su vez, el Otro tiene dos modalidades: el orden simbólico  (el sistema de normas y valores culturales, el lenguaje, la ley, etc.) en cuyo caso forma representaciones simbólicas y se presta a a significados que se pueden relacionar con el sujeto de manera dinámica o con el objeto dinámico. La segunda  modalidad consiste en que la búsqueda del sujeto sobre las representaciones simbólicas se presta a infinitos significados según el contexto que se le asigne, el Otro, objeto inmediato, que es omnipotente o infinito es peligroso para el sujeto ya que no puede convivir con nada distinto de él.

Freud lo define como das Ding (la Cosa) y Lacan como lo Real: “un real no simbolizado, a pesar de la forma simbólica”,es decir, aquello que resiste la simbolización absolutamente: “No en calidad de un simple tope contra el que nos damos de cabeza, sino el tope lógico de aquello que, de lo simbólico, se enuncia como imposible” (Birgit, 2004).

Así, si el Otro desea incorporar al sujeto es porque desea y si desea es porque algo le falta. Por lo tanto, la aparición del sujeto es la transformación del Otro completo/Real en Otro simbólico y, sincrónicamente, la castración simbólica del sujeto  a manos del Otro completo y, por ende, la fundación del sujeto en tanto sujeto de la represión simbólica, sujeto castrado, sujeto de lo inconsciente. Entonces, el Otro es al mismo tiempo las dos vertientes pero se le presenta al sujeto acorde a la singularidad psíquica del sujeto y la situación que lo confronta.

En el seminario de “La Ética del Psicoanálisis” 1959-1960, Lacan llama Al Otro como el Das Ding (1999ª, p 52) y escribe: Das Ding como el Otro Absoluto del sujeto, una búsqueda de puntos de referencia sobre asociaciones del sujeto, pero en referencia al mundo de los deseos, a la pregunta básica: qué es lo que desea el sujeto. En conclusión el Otro Absoluto del sujeto no tiene que ver con un Objeto metafísico. El Otro en el sujeto lacaniano es el límite de la significación del sujeto la cuál está delimitada por la subjetividad dentro de lo que está inmerso. El límite nunca es alcanzado porque el proceso de significación en el sujeto siempre está en movimiento, el objeto inmediato está en un proceso de semiosis ilimitada, el sujeto está inmerso en la búsqueda. En relación con lo Real, El otro representa algo que el sujeto nunca encontrará: Das Ding. Y esto hace a la subjetividad algo más que una construcción socio-cultural o una construcción histórica o un juego libre de signos. La dimensión dinámica del objeto es parecida a la construcción individual del sujeto. El otro lado del sujeto lacaniano asume al otro, pero desde el inconsciente.

El signo y el proceso de semiosis.

Ducrot y Todorov plantean “el signo es la noción básica de toda ciencia del lenguaje; pero precisamente a causa de esta importancia, es una de las más difíciles de definir” (Sanmiguel, 2008), debido a que es evidente que trazar una genealogía de la noción de signo ya comporta una multiplicidad de maneras de comprenderlo y de campos en los que este se configura.

Comúnmente para la lingüística del siglo XX, la primera sistematización formal y metodológicamente positiva del signo fue/es la entregada por F. de Saussure en su Curso de lingüística general. En este texto se establece que el signo lingüístico es una entidad síquica de dos caras, la que no une una cosa y un nombre, sino que combina un concepto y una imagen acústica, siendo esta última no el sonido puramente material, sino que la huella síquica de tal sonido, la representación de él dada a nosotros por nuestros sentidos.

Por lo tanto, el signo lingüístico está compuesto por un significante (imagen acústica) y un significado (concepto), donde ambos elementos están unidos y se requieren recíprocamente, pero respondiendo a dos características primordiales: la primera es la arbitrariedad de la unión entre ambos términos, y la segunda es la linealidad temporal para su expresión y aprehensión.

The linguistics encyclopedia describe la teoría de los signos planteada por esta gramática y los principios subyacentes que la animaban. De tal modo, la definición del signo, que no aparece en la Gramática sino que en la Lógica, declara que la relación establecida entre el signo y la cosa que representa es de equivalencia total y biunívoca y en la que la representación es construida por la mente, pero no por sí sola o de forma natural, sino que dentro de una sociedad.

Ahora bien, dentro de la historia de las teorías contemporáneas del signo es posible identificar una segunda vertiente paralela a la desarrollada a partir de Saussure (Port-Royal), cuyo trasfondo primordial corresponde a la filosofía analítica y a la filosofía del lenguaje.

El mayor representante de esta línea de investigaciones Charles S. Peirce. En términos generales, él y sus seguidores más cercanos comprenden al signo como un elemento constitutivo de un proceso que denominan semiosis, y en el que el signo no puede darse sin otros tres (o cuatro) factores. Así, además del vehículo sígnico [aquello que actúa como signo], participan de este proceso aquello a lo que el signo alude [Designatum/Objeto Dinámico] y alguien [intérprete] que toma en consideración el objeto designado en virtud de la presencia del signo; donde las consideraciones, según Morris -seguidor y uno de los continuadores más destacados de Peirce- son interpretantes y han de buscarse en hábitos mentales, sociales y/o culturales. (Sanmiguel, 2008),

Peirce especifica que “Un signo, o representamen, es algo que está para alguien por algo en algún respecto o capacidad. Se dirige a alguien, esto es, crea en la mente de esa persona un signo equivalente, o quizás un signo más desarrollado. Ese signo que crea el interpretante del primer signo. El signo está en lugar de algo y ese algo es su objeto. Está en el lugar de ese objeto, no en todos los respectos, sino en referencia a una especie de idea, la representación”.

Los tres primeros elementos que describe dentro de esa clasificación sígnica (representamen, objeto e interpretante) los explica a través de la definición del signo.

 

 

Un signo o representamen, es algo que, para alguien, representa o se refiere a algo en algún aspecto o carácter. Se dirige a alguien, esto es, crea en la mente de esa persona un signo equivalente, o, tal vez, un signo más desarrollado.

El signo está en lugar de algo, su objeto. Está en lugar de ese objeto, no en todos los aspectos, sino sólo con referencia a una suerte de idea, que a veces es llamado el fundamento del representamen.

De esto se deriva que cada representamen se conecta con tres entidades que son el fundamento – traducido también como base del objeto y el interpretante. El punto a destacar de estas tres entidades no está en sus definiciones como tal, sino en las relaciones que se establecen entre ellas a partir del signo.

Para que estemos en presencia de un signo, éste debe cumplir con tres condiciones implícitas en la definición peirciana: en primer lugar, debe tener cualidades que sirvan para distinguirlo (una palabra o sonido particular que lo diferencie de otro); en segundo lugar, debe tener un objeto (condición necesaria pero no suficiente) y, en tercer lugar, la relación debe ser triádica “comportar un representamen que debe ser reconocido como el signo de un objeto a través de un interpretante”(Sanmiguel, 2008) .

Ahora bien, el interpretante viene a constituirse como otro signo, como cualquier signo que interpreta a otro signo y que posee múltiples posibilidades de expresión. Los interpretantes generan lo que se conoce como semiosis ilimitada, pues cada interpretante se constituye en otro representamen que genera nuevamente la relación tricotómica.

El interpretante que ya ha transcurrido por esa tercera condición de ser signo – antes descrita – se clasifica, a su vez, en interpretante inmediato, dinámico y final. El interpretante inmediato según apunta Peirce “es una abstracción: consiste en una posibilidad”. Es todo signo que se halla fuera de su contexto y de las circunstancias de su manifestación.

Por su parte, el interpretante dinámico consiste “en el efecto directo realmente producido por un signo en su intérprete (…) Mi interpretante Dinámico es aquel que es experimentado en cada acto de interpretación, y en cada uno de éstos es diferente de cualquier otro (…) El interpretante Dinámico es un evento singular y real” (Peirce, 1986). De esta forma, este interpretante  provoca un efecto singular en un intérprete frente a una situación concreta de manifestación del signo.

El tercer y último interpretante explicado por Peirce es el interpretante final o normal y presupone los interpretantes inmediato y dinámico. El interpretante final es pensado como un hábito que hace posible la interpretación recurrente y estable de un signo (Birgit, 2004).

 

Ahora bien, el objeto (progenitor del signo) es lo que representa ese signo y Peirce lo conceptualiza de la siguiente forma:

Estar en lugar de otro, es decir, estar en tal relación con otro que, para ciertos propósitos, sea tratado por ciertas mentes como si se fuera ese otro. Consecuentemente, un vocero, un diputado, un apoderado, un agente (…) todos representan alguna otra cosa, de diversas maneras, para mentes que así lo consideran.

Peirce también distingue en el objeto  dos variantes: el objeto inmediato y el dinámico. El objeto inmediato es definido como “el objeto tal como es representado en el contexto de un proceso de semiosis”, diferenciado del objeto dinámico como “el objeto sin considerar ningún aspecto particular suyo, el objeto en tal relación como un estudio ilimitado y final lo mostraría”. (Birgit, 2004)

Finalmente, la base vendría siendo el contexto que ofrece las posibilidades de la significación en un punto espacio-temporal (Merrel, 1998). El fundamento o base “es uno o varios rasgos o atributos de un objeto que permiten identificarlo, es decir, los rasgos distintivos que lo diferencian de otros objetos”, lo cual esquematizó Peirce, en su momento, y que se representa de la manera siguiente:

 

 

La relación triádica de los elementos del signo se suceden en relación con las categorías de Primeridad, Segundidad y Terceridad, a las que Peirce define como tendencias hacia las cuales se dirigen los pensamientos (Merrel, 1998:52).

La Primeridad está referida a una cualidad, sensación; es el modo de significación de lo que es tal como es, sin referencia a otra cosa. Es la posibilidad que, en algún momento futuro, quizás pueda cobrarse de una clasificación determinada de manera que entre en relación semiótica con otras entidades. “La existencia dentro de la Primeridad sería, si se puede imaginarla, como la de un sonámbulo, un autómata” (Merrel,1998:53).

La Segundidad es el modo de significación de lo que es tal y como es, con respecto a algo más, pero sin referencia a un tercero e incluye la conciencia de algún otro. La Terceridad abarca la mediación, la síntesis de las dos categorías anteriores (Collected Papers, 8.328)

La Segundidad, se trata precisamente de algo actualizado a la manera de esta entidad en este momento. Es un aquí y un ahora: una singularidad, una particularidad (…) es la otredad en el sentido más primitivo de la palabra” (Merrel, 1998:55).

De esta forma, los tres elementos que constituyen la semiosis se tricotomizan sobre las categorías faneroscópicas y dan origen a nueve tipos En este sentido, el representamen se divide en cualisigno, sinsigno y legisigno.

El cualisigno es de la categoría de la primeridad y representa una cualidad (color, textura, forma) que es, en sí misma, una posibilidad hasta que un sinsigno (un signo existente) se manifieste. El sinsigno corresponde a la categoría de la segundidad porque es “cualquier cosa existente que es un signo. El sinsigno es una materialización del cualisigno y cobra significado gracias a un legisigno (un tipo general del que es la manifestación)” (Vitale, 2002:23).

El tercer estadio o legisigno lo define Peirce como una ley que es un signo. Esta ley es generalmente establecida por los hombres. Todo signo convencional es un legisigno (pero no recíprocamente). No es un objeto único sino un tipo general que, como se ha acordado, será significante. Cada legisigno significa por medio de una instancia de su aplicación, que puede ser llamada una Réplica de él. Así, la palabra “el” (artículo) puede aparecer de quince a veinticuatro veces en una página. En todas esas ocurrencias es única y misma palabra, el mismo legisigno. Cada una de esas instancias es una Réplica. La Réplica es un sinsigno. En consecuencia, todo legisigno requiere sinsignos (…) Tampoco la Réplica sería significante, si no fuera por la ley que la convierte en tal (Vitale, 2002:24).

Por último, las tres categorías faneroscópicas aplicadas al objeto generan tres tipos de signos denominados iconos, índices y símbolos. Según Peirce, el primero está referido al signo que establece una relación de analogía con su objeto. El segundo es un signo que entabla con el objeto una relación existencial y el tercero es un objeto que se refiere a su objeto dinámico por convención, hábito o ley.

Para develar este funcionamiento lógico que subyace al signo en tanto función de una semiosis, Umberto Eco y otros han ampliado la historia de la teorización sobre el signo en Occidente, encontrando sus primeras reflexiones entre los presocráticos, luego Platón y Aristóteles, para apuntar su apogeo en los estoicos8.

Por tanto, en el plano semiótico las condiciones de necesidad de un signo se determinan socialmente, ya sea conforme a códigos débiles o a códigos fuertes. En este sentido, un acontecimiento puede ser signo seguro, aunque desde el punto de vista científico no lo sea. Esta jerarquía de necesidad semiótica es la que rige las correlaciones entre antecedentes y consecuentes y las asimila forzosamente a las correlaciones entre expresiones y contenidos”.

De tal forma, lo que prima en la producción de signos y la invención de códigos es la abducción. Proceso inferencial que, a diferencia de la inducción y la deducción, siempre recurre a un marco de referencia o regla metasemiótica (en el caso de los códigos semióticos) expresada de alguna manera que indique cómo debe entenderse tal signo. En otras palabras, lo que Eco enfatiza, como lo hemos reiterado en varias ocasiones, es la no equivalencia del signo con lo que este refiere. Es decir, al signo subyace siempre un proceso de abducción más complejo, que, acaso con el uso y su convencionalización, pareciera regirse por esa equivalencia. En este sentido, “la abducción representa el intento aventurado de trazar un sistema de reglas de significación que permitan al signo adquirir su propio significado” (Bernaschina, 2007)

Este funcionamiento provoca, al menos, dos consecuencias ineludibles: primera, la estructura formal de la implicación inferencial que subyace a la semiosis, se vuelve una estructura o matriz generadora de interpretaciones; y segunda, toda abducción (hipótesis) debe ser verificada, pero es claro que tal verificación ya no se realiza a partir de una observación empírica-experimental de los acontecimientos dentro del mundo real-natural, sino que a partir de reglas o formaciones discursivas en las que ocurren tales producciones de sistemas de significación y procesos de comunicación.

En este sentido, ante las reglas mediante las que un acontecimiento es signo, no debemos olvidar que esta no ha de regir únicamente el comportamiento o las condiciones de posibilidad de los signos con otros signos o de estos con los objetos/acontecimientos a los que refiere dentro de su propia legalidad, sino que, además, debe contemplar las consideraciones de alguien hacia tales acontecimientos en la medida en que funciona como signo y, también, las formas en que puede/debe interpretarlos.

 

Esta interpretación, entendiendo el proceso de semiosis como una práctica humana y cultural (y no solo como objeto de estudio), responderá, entonces, a la articulación entre reglas intensionales y extensionales que posibiliten el tránsito y la permeabilidad entre estos dos sistemas de relaciones: mundo(s)-cultura(s) representado(s) sígnicamente y sistema(s) de significación. Es momento de hablar sobre mi relación con los ordenadores, los datos, y mis objetos desde una aproximación subjetiva inmersa en un proceso de semiosis.

04 03 02

 

 

 

Referencias.

1 Aunque quizá no hubiera necesidad de señalarlo, utilizaré en adelante el sustantivo «hombre» como sinónimo de «ser humano», con el exclusivo propósito de reducir las reiteraciones.

 

2. La cuestión aquí discutida no se ve afectada según la consideración del origen y naturaleza de la razón del hombre, pues poco importa que provenga de una donación divina o sea un fenómeno emergente que pueda explicarse completamente a través de mecanismos físicos y materiales.

3. Lo Real en el sentido de la «cosa en sí», independiente y trascendente respecto de las condiciones del sentido, que a su vez era expulsada del campo epistémico si bien mantenida en la frontera del mismo (como concepto vacío y designación del límite del conocimiento posible).

4. Jean Paul Sartre nos habla de la imagen desde una perspectiva fenomenológica entendiéndola como algo relacional: es un término que designa la relación de nuestra conciencia con el objeto, la imagen es siempre para este autor imagen en la conciencia. Una conciencia perceptiva se muestra como pasividad. Por el contrario, una conciencia imaginaria se da a sí misma como conciencia imaginaria, es decir, como una espontaneidad que produce y conserva el objeto en imagen.  El objeto se da como una nada, pero la conciencia por ello mismo, aparece como creadora.

5. Peirce formula una clara diferenciación entre las tres clases elementales de razonamiento, inductivo, deductivo y abductivo. El criterio de esta diferenciación no es la cuestión de las reglas sino la función de las formas inferenciales en los procesos científicos. Respecto a su función, se presenta una idea alterna de la inducción interpretada no siempre como la inferencia de lo particular a lo general en el sentido clásico.La inducción se genera a partir de generales dados, de hipótesis inferidas abductivamente y de implicaciones inferidas deductivamente de esas hipótesis. La diferencia específica es que la abducción forma parte del proceso de descubrimiento, mientras que la inducción es parte del proceso de probar los descubrimientos.

Mediante la inducción un general dado será sólo confirmado o falsado por experimentos futuros. En este sentido, el problema de la inducción clásico no se sostiene, porque ni la abducción ni la inducción contienen por sí mismas ninguna pretensión de verdad.

 

Existe, una forma específica de inferencia abductiva:

1. Se observa el hecho sorprendente, F.

2. Pero si fuera verdadero, F sería cosa corriente. Por lo tanto,

3. Hay razón para sospechar que es verdadero.

 

La cuestión esencial es cómo es posible crear o encontrar la hipótesis H. A primera vista, la respuesta de Peirce a esta cuestión parece bastante poco satisfactoria. Identifica la abducción con adivinar, considerando este adivinar, por una parte, como un “poder instintivo” y, por otra, como un proceso que opera “sobre la base de otra información (…) bajo nuestro control”. El significado de esas formulaciones es vago, pero es posible encontrar una interpretación que proporcione el carácterlógico de la abducción.

Existen dos formas de obtener una hipótesis: en primer lugar, de acuerdo con la definición de Eco de abducción creativa, la hipótesis explicativa “tiene que ser inventada ex novo”. Sin embargo, es difícil ver cómo puede ser posible una “creación” originada de la nada.

Existe otra posibilidad de obtener una hipótesis: en lugar de suponer que no hay hipótesis dada, podemos imaginar la existencia de una colección infinita de hipótesis posibles. Ambos modos de obtener hipótesis son equivalentes en tanto que, respecto a la búsqueda de una hipótesis, es irrelevante que no haya ningunahipótesis dada o que haya un conjunto infinito de hipótesis posibles.

Diversas versiones se desarrollaron en el pensamiento de Peirce, ya que la noción de abducción se mezcla con diversos aspectos de su filosofía. Se presentan a continuación elementos claves en el desarrollo de la noción de abducción para luego exponer la forma lógica.

El desarrollo de una lógica de la indagación ocupó el pensamiento de Peirce. En un principio esta lógica está compuesta por tres modos de razonamiento:deducción, inducción e hipótesis, cada uno de los cuales es un proceso independiente de prueba y corresponde a una forma silogística, que ilustramos en el siguiente ejemplo:

Deducción

Regla.- Todas las alubias de este saco son blancas.

Caso.- Estas alubias son de este saco.

Resultado.- Estas alubias son blancas.

Inducción

Caso.- Estas alubias son de este saco.

Resultado.- Estas alubias son blancas.

Regla.- Todas las alubias de este saco son blancas.

Hipótesis

Regla.- Todas las alubias de este saco son blancas.

Resultado.- Estas alubias son blancas.

Caso- Estas alubias son de este saco.

De estos tres, la deducción es el único tipo de razonamiento completamente certero –desde el punto de vista del lógico-, que infiere su ‘resultado’ como conclusión necesaria. La inducción produce una ‘regla’ que se valida solamente “a la larga”, y la hipótesis, la menos certera de las tres, simplemente sugiere que algo puede ser “el caso”. Una hipótesis es una aseveración sobre un fenómeno y no está soportada por suficiente evidencia empírica. Una teoría es un cuerpo conceptual que ofrece una explicación coherente y tampoco está soportada por la evidencia empírica. Las leyes científicas se derivan de teorías que han sido corroboradas aposteriori.

Desde el punto de vista inductivista una ley científica es posible. Posteriormente Peirce considera a estas formas de razonamiento como tres etapas en un método para la indagación lógica, en donde la hipótesis, ahora denominada abducción, es la primera de ellas: “de su sugerencia (abductiva), la deducción puede inferir una predicción que puede ser puesta a prueba por la inducción” .

La formación del concepto de abducción se hace mas compleja llegado a ser el proceso de construir una hipótesis explicativa. La silogística se sustituye por la forma lógica : Se observa el hecho sorprendente C. Pero si A fuera verdadera, C sería una cosa normal. Por lo tanto, hay una razón para sospechar que A es verdadera.

Dos aspectos fueron propuestos por Peirce para determinar que tan factible es una hipótesis abductiva. Se debe poder poner a prueba y debe ser económica. Así, una abducción es una explicación si da razón de los hechos conforme a la forma lógica arriba citada; su estatus es el de una sugerencia hasta que no se pone a prueba, lo cual explica el segundo criterio. Las motivaciones del criterio de economía son dos:

 

La respuesta al problema práctico de manejar un sinfín de hipótesis explicativas, así como la necesidad de contar con un criterio para seleccionar la mejor explicación dentro de las que son sujetos de experimentación.

 

Para Peirce, el razonamiento abductivo es fundamental en toda investigación humana. La abducción juega un papel en la percepción:

 

“La sugerencia abductiva nos viene como un destello” y también está presente en el proceso general de la invención: “Ella [la abducción] es la única operación lógica que incorpora nuevas ideas” Así, la abducción parece ser tanto “un acto de intuición como uno de inferencia”. 

Fundamentos de una lógica Fractal Basada en Conjuntos Autocontenidos: Creando Condiciones para una Teoría Unificada de las Ciencias Naturales y Sociales. Edición Única 2003.

6. En primer lugar, nos llama la atención la composición del propio término, que lanza la idea de una relación, en principio privilegiada, con el estructuralismo. Pareciera que tal tradición hubiera quedado superada por la que ahora nos ocupa. No obstante, el prefijo “post” indica un “más allá” de determinado tipo y no de cualquiera. Con el uso de este prefijo se intenta no caer en la confusión del “anti”, que habitualmente nos situaría en un incómodo “pre”. Así, si somos postestructuralistas, querrá decir que nuestro punto de partida no va a desconocer o a despreciar ni el método ni los hallazgos del estructuralismo. Significará también que concebimos al estructuralismo como un lugar por el que debemos pasar y hemos pasado. En cualquier caso, ser postestructuralista, también implica cierto distanciamiento respecto del ensimismamiento político al que parecía conducir el estructuralismo, recuperando para ello dosis de espíritu revolucionario. Y es que hay algo de lo que no logramos deshacernos mediante el mero alejamiento de la Dialéctica: del pensamiento compulsivamente representativo. Si bien el estructuralismo parece desmarcarse del movimiento teleológico que ritma el determinismo hegeliano, no consigue, en cambio, desembarazarse de cierto esencialismo. El postestructuralismo no rechaza el concepto de «estructura» en el desarrollo de sus análisis. Sin embargo cambiará las estructuras cerradas por las estructuras abiertas. Esta apertura se opera anulando la universalidad simbólica que constreñía, en los planteamientos de Levi-Strauss, Lacan y tantos otros, el desarrollo de lo social, en una significación hipostasiada y carente de dinamismo. Esta dictadura de lo simbólico sobre lo social funciona como entelequia, plegando el punto de partida sobre el punto de llegada, en una especie de causalidad simbólica pseudoplatónica o de un platonismo descentrado. Tal perspectiva conduce a la parálisis política ya que el ser humano se encontraría dentro de una fantasmática insuperable, es decir, atrapado en un sistema de significaciones genéricas, que se repiten por uno u otro medio, sin que haya salida. Nos encontramos, por tanto, en una situación en la que, si bien consideramos la pertinente deconstrucción que el estructuralismo opera sobre algunos dualismos marxistas, también necesitamos ciertas dosis de Marx para deconstruir la dominación que, en el estructuralismo, aún sujeto al pensamiento de la representación, ejercería lo simbólico sobre lo social.

El postestructuralismo es, entonces, una corriente de pensamiento que se desarrolla en, desde y sobre la postmodernidad, tomando el distanciamiento estructuralista respecto de la Dialéctica, para leer desde y al marxismo y al psicoanálisis de un modo diferente a como se había hecho hasta el momento, para tomar a un Marx y a un Freud que, lejos de sus coqueteos con la filosofía hegeliana, contribuyeran con la tarea de ruptura respecto de la misma, no tanto mediante la oposición, como mostrando el modo de salirse de ella por la tanjente, planteando los problemas de otra forma.

7. En su uso común, el imaginario suele asociarse de manera banal con la «ficción», el «recuerdo», la «ensoñación», la»creencia», el «sueño», el «mito», el «cuento», lo «simbólico» en el sentido de lo irreal, etcétera, términos éstos que se utilizan arbitrariamente para identificarlo y calificarlo de una manera peyorativa con respecto a las facultades yproductos «superiores» de la razón.

Uno de los principales representantes de los estudios sobre el imaginario, el antropólogo Gilbert Durand3, fundador en 1966 del Centre de Recherche sur l›imaginaire en Grenoble, ha trazado la historia de la paradoja de loimaginario en Occidente, una tensión constante entre dos tendencias, la inconoclasta y la iconódula, que se superponen continuamente y se suceden la una a la otra. La inconoclastia va posándose en la historia desde el método de verdad del socratismo y la lógica aristotélica, distinguiendo siempre entre lo absolutamente verdaderoy lo totalmente falso. Reaparece más tarde en los siglos VIII y IX en Bizancio, en la escolástica medieval difundida por Averroes, en el establecimiento de la física moderna por parte de Galileo y Descartes, quienes afirman que esla razón la única vía de acceso a la verdad, unida luego, en el siglo XVIII, al empirismo factual de Hume y Newton. Con ellos el hecho queda limitado a un derivado de la percepción o a un acontecimiento: en contra de él quedará fijado lo imaginario, asociado al fantasma del sueño. Durand señala el final de la paradoja: la culminación de la ciencia moderna, surgida de la censura de loimaginario, es la era de lo audiovisual. Y esto quiere decir que la imaginación se abre camino siempre, como puede. Se le cierra una puerta y se cuela por las ventanas.

8.Humberto Eco, de partida, declara que es necesario eliminar la noción de signo lingüístico, entendiendo que esta noción es un producto cultural bastante tardío. De tal modo, observa y deslinda la noción aristotélica declarando que el Estagirita en la Retórica siempre entiende al signo como principio de inferencia. Este puede responder a signos necesarios, aquellos que pueden traducirse posteriormente en afirmativas universales, o a signos “débiles”, en los que la conclusión aparece como probable. Sin embargo, en ambos, la forma lógica que configura la inferencia es que “si lo primero, entonces lo segundo”.

Posteriormente, Eco alude a la noción de signo utilizada por los estoicos, los que, al parecer, la utilizan para “referirse a algo inmediatamente evidente que permite sacar conclusiones sobre la existencia de algo que no es inmediatamente evidente”, por lo que el signo es para los estoicos -dice Eco, “«la proposición antecedente en una premisa hipotética mayor válida que sirve para revelar el consecuente», o sea, «una proposición antecedente verdadera en un condicional verdadero, y capaz de revelar el consecuente»”.

Por lo tanto, el modelo estoico del signo tiene la forma de la implicación filónica, donde las variables no son realidades físicas y tampoco acontecimientos, sino proposiciones en que se expresan los acontecimientos. En este sentido, “para que existan signos es preciso que se formulen proposiciones y las proposiciones deben organizarse conforme a una sintaxis lógica que se refleja y es posible en la sintaxis lingüística. Los signos sólo afloran en la medida en que son expresables racionalmente mediante los elementos del lenguaje. El lenguaje se articula en la medida en que expresa acontecimientos significativos”.

Ahora bien, toda abducción requiere irremediablemente, desde su perspectiva lógica, que los signos presenten algún tipo de consecuente necesario, sea este de una necesidad irrebatible o aun demasiado amplio y deba circunscribirse. De modo que “el hiato entre certeza ‘científica’ [signo indicativo] y certeza ‘social’ [signo convencional] constituye la diferencia entre leyes e hipótesis científicas y códigos semióticos.

Bernaschina Schürmann, V. 2007, “La quimera de occidente: el signo como paradigma de comprensión e interpretación de la articulación entre literatura y sociedad en América Latina”, Taller de Letras, , no. 40, pp. 61-83.

 

Cito siguiendo la edición alemana de Arthur Hübscher en la que se basa la traducción que utilizo: Schopenhauer, A., Die Welt als Wille und Vorstellung, I, en Sämtliche Werke, Wiesbaden, Brockhaus, 1966, vol. I, § 9, pp. 47-48. (Schopenhauer, A., El mundo como voluntad y representación, trad. de Roberto R. Aramayo, Madrid, F. C. E., 2003, vol. I, pp. 123-124).

 

Aristóteles, Metafísica, 1037b.

 

Ayensa, A. 2006, En defensa de la imaginación como fundamento de la vida psíquica y de la creatividad/In defence of imagination as basis of psychic life and creativity, Madrid, Spain, Madrid.

Bernaschina Schürmann, V. 2007, “La quimera de occidente: el signo como paradigma de comprensión e interpretación de la articulación entre literatura y sociedad en América Latina”, Taller de Letras, , no. 40, pp. 61-83.

Birgit, Nordtug. 2004. Subjetivity as an unlimited semiosis: Lacan and Peirce, Studies in Philosophy and Education 23: 87–102, 2004. © 2004 Kluwer Academic Publishers. Printed in the Netherlands.

Castellanos, B. 2009, “Louis Althusser Y Judith Butler: GÉnesis Y Actualidad Del Postestructuralismo”, Nómadas, vol. 24, no. 4, pp. 175-186.

Farrán, R. 2009, «La LÓgica Del Nudo Borromeo: Un Paradigma Del Corte Estructural Notas Para Una FilosofÍa PsicoanalÍtica»,Nómadas, vol. 22, no. 2, pp. 67-80.

Giráldez, E.I. 2008, Sobre la investigación aristotélica en torno a las Archaí del saber relativo a la Physis/On Aristotles Research on the Archai of the Knowledge concerning Physis, Madrid, Spain, Madrid.

Gorn, B.B. 2000, “La Posible AproximaciÓn Entre El PsicoanÁlisis Y La Historia De Las Mentalidades Y La Historia Cultural”,Revista de Historia de América, , no. 126, pp. 113-144.

Gundermann, C. 2003, «Perlongher el neobarroso y sus homosexualidades anti-neoliberales», Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, vol. 29, no. 58, pp. 131-156.

Hiriart, M.J.B. 2002, «Lacan y la psicoterapia en Chile. Hacia un encuentro», Psicoperspectivas, vol. 1, pp. 22-44.

Malvido, Adriana. Por la vereda digital, CONACULTA, México, 1999, pp 361-402

MERREL, F. Semiótica de CS. Peirce. Maracaibo: Universidad del Zulia. Colección de semiótica Latinoamericana 1,1998. pp. 45-65

Landmann sostiene que Platón estableció dos antropologías, una zoológica, que mantiene al hombre en el reino animal, según la anécdota citada, y otra filosófica, que destaca la racionalidad humana. Dos concepciones, según se nos dice, algo incoherentes y sólo yuxtapuestas (Cf. Landmann, M., Antropología filosófica, México D.F., Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana, 1961, pp. 172-175).
Descartes, R., Meditaciones metafísicas, A. T., IX-1, 22.

 

Schopenhauer, A., Über der Willen in der Natur, en Sämtliche Werke, Wiesbaden, Brockhaus, 1966, vol. IV, p. 52. Utilizamos aquí la traducción de Miguel de Unamuno: Schopenhauer, A., Sobre la voluntad en la naturaleza, Madrid, Alianza, 1998, p. 10

Peña, I.G. 2010, «Animal racional: breve historia de una definición/Rational animal: a brief history of a definition», Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, vol. 27, pp. 295-313
Platón, Político, 285b.

 

Revista de humanidades: Tecnológico de Monterrey. No. 15. Otoño 2003. Visión panorámica de los estudios sobre la narración; Claudia Reyes.

Sanmiguel, A.U. 2008, “Teoría del texto y tipología discursiva”, Signo y Pensamiento, vol. 27, no. 53, pp. 295-313.

VITALE, A. El estudio de los signos. Buenos Aires: Eudeba, 2002

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