DeepBlue

A las 4:45 de la tarde del 10 de Febrero de 1996, la dignidad humana sufrió una derrota histórica: Gary Kasparov, campeón mundial de ajedrez perdió frente a “Deep Blue”, una poderosa computadora de IBM. No era el primer partido entre Kasparov y las máquinas. Pero esta vez “podía sentir”, podía oler, un nuevo tipo de inteligencia al otro lado de la mesa, comentó el jugador. Se celebraba el 50 aniversario de “Eniac”, la primera computadora. Y la pregunta que Alan Turing se hizo en 1950 retumbó en los oídos de los filósofos: “¿Pueden las máquinas pensar?”

 

Sobre la mesa de ajedrez quedaron cientos de preguntas cuyas respuestas son mucho más lentas que la velocidad en la que evoluciona la tecnología: ¿De qué está hecha la mente humana? ¿Es pura materia, flujo de datos y neuronas?, o ¿hay algo inmaterial que nos permite vivir experiencias subjetivas? Si la tecnología es una replica del cerebro humano, ¿por qué es tan difícil para los ingenieros dotar de sentido común y habilidades tan elementales como el reconocimiento de voz y rostros? ¿qué nos hace diferentes?.

 

En Estados Unidos, los medios abrieron espacio al debate entre el filósofo David Chalmers, profesor de la Universidad de California en Santa Cruz y autor del libro La mente consciente (Oxford University Press), y su colega Daniel Dennett, autor de la conciencia explicada (1991) y profesor de la Universidad de Tufts de Massachusetts. La revista Time de abril le dedicó la portada a esta polémica que se inicio con Descartes en el siglo XVII y que se agudiza hoy al calor de los avances de la tecnología.

 

En tanto que para Chambers mientras más cerebral se hace la computadora, más misteriosa resulta la conciencia humana, Dennett argumenta que la idea de un “alma” pertenece al pensamiento pre-científico, más aún, que la “conciencia”, la “mente”, la “subjetividad” no sólo son producto del cerebro, sino que son el cerebro mismo; que la división cartesiana “cuerpo-mente” es algo superado y que mientras más evolucionen las computadoras, más claro será que somos una máquina.
Chalmers y otros filósofos como Colin Mc Ginn (el problema de la conciencia) se preguntan: si somos puros datos ¿cómo convertimos estos en experiencias subjetivas?, Dennet respondería con el modelo de inteligencia artificial denominado pandemónium. De acuerdo con este, el cerebro genera en el subconsciente teorías sobre el mundo, aquella que coincida mejor con los datos (experiencia) que tenemos, es la que toma control de nuestras neuronas y por lo tanto de nuestro campo perceptual.

 

El modelo, aplicado a las computadoras es un éxito pero, diría Chalmers,  “la conciencia es una propiedad inmaterial del universo comparable con propiedades como masa, espacio, tiempo”. La idea de que se estén creando nuevas especies “inteligentes” está en el centro de la polémica. Tan sólo en el World Wide Web proliferan los agentes autónomos resultado de experimentos de programación genética, estos agentes se especializan y compiten entre sí, por satisfacer intereses concretos de los usuarios en Internet. Los más favorecidos se “aparearan” para pasar su “código genético” a la siguiente generación. La teoría de la evolución de Darwin dará luz así a poblaciones enteras de agentes autónomos. Uno de sus teóricos, el ecobiólogo Tom Ray advierte: “Tenemos que estar preparados para una inteligencia muy diferente a la nuestra, una suerte de evolución del deseo humano”.

 

Referencias.

Malvido, Adriana. Por la vereda digital, CONACULTA, México, 1999, pp 361-402

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s