Algunas palabras extraidas de la bitacora mental

La tecnología siempre ha estado en mi vida. Y quizá en la de todos. Cuando intentas reflexionar sobre lo que significa el apego a las computadoras aparecen pequeños trozos que uno intenta agrupar en fragmentos de conocimiento y darle sentido a la vida. A mi vida. Poco a poco el atari o el buscaminas del Windows 95 se van convirtiendo en lo que llamo: los datos de la base de datos de una vida.

Recuerdo a Marios Bros en mi infancia, así como al tío que tenía el Supernintendo. El primero me provocaba emociones de fascinación y el segundo a veces me hacía llorar porque no me prestaba el aparato. Es más fácil vivir en mundos donde las cosas –en efecto – son inventos en contraste con la realidad.

Con el tiempo las dos me llaman la atención; algo parecido al efecto de la luz sobre las moscas. Nunca he considerado la posibilidad de mirarme como un ser completo, y ahora a partir de la reflexión, quizá mi mente se concibe como un aparato al cual se le pueden insertar cartuchos y entrar en mundos diferentes. Nunca soy el mismo, siempre estoy en constante cambio.

Mi relación con la tecnología es una búsqueda de las causas, de las razones que van más allá de la apariencia, y ésta búsqueda es justamente la que motiva mi intuición: arriesgarse a pensar incluso en lo que a uno le repele – es cierto – nunca me gusto ni Final Fantasy, ni los pellejos del pollo, pero ambos estaban insertados en la realidad en mi contra. Pensar lo prohibido, pensar lo no dicho, lo no correcto también es pensar sin prejuicios. La tecnología me ha hecho en cierta manera tolerable a la divergencia.
Cada vez que trato de enfocar mi mente en algo en concreto es como si se encontrara a mitad de una ciudad llena de carros, personas, ideas, sensaciones. Y la rigidez del pensamiento se hace flexible como el agua. No soy ni programador, ni comunicólogo, ni mercadólogo, ni administrador, ni Batman, ni Mariano Carrasco Maldonado. Me considero un viajero que busca sostener sus pasos con razones, con pruebas, con datos, en los objetos que voy produciendo a lo largo de mi vida.

Hay que arriesgarse a pensar y asumir las consecuencias. Para mi la producción de objetos es parecida a jugar en la constante creación de reglas sin sentido, reglas que tienen validez en un momento determinado, una especie de libertad que termina cuando los adultos te piden que dejes de jugar porque es hora de la comida o cuando una maestría te pide que pongas en texto tus ideas.

De niño y en la maestría he podido jugar de esta manera. Y ahora ya nadie juega a los encantados, ahora “creo” que construyo objetos con esa misma técnica. Intento con la mirada decirles que se queden ahí un ratito para jugar y luego se van. Aquí es cuando me llega a la mente el cuento del Rey Midas y las miradas que lanzaba a los objetos. Miradas que son pensamientos, pensamientos fijados, pensamientos de manzanas de oro, pensamientos que son resultado para una producción artística. La construcción de objetos tiene dos caras, por un lado, imágenes petrificadas y por el otro, ventanas que han nacido de una realidad en constante flujo.

Preguntarse el por qué de las cosas ha sido el primer generador de gravedad que ha permitido la producción de objetos. El atari o Mario Bros tenían que funcionar de alguna manera, es decir los tenía a mi alcance con la famosa interactividad; una puerta que permite mirar el teatro de la realidad, porque si estoy activando algo, o moviendo cosas, o conectando cables, soy tanto el que prende la televisión como el que juega dentro de la televisión. Soy Mariano de niño y Mario Bros de manera simultanea.
Y entonces algunas reglas se empiezan a cristalizar, por ejemplo esas simbiosis sólo existen en momentos determinados. Las misas con mi abuelo eran sólo los domingos, las partidos de basketball eran por la tarde y con los amigos, mis playmovils estaban en mi cuarto muy ordenaditos. Y bueno la llegada de Internet es otra historia.
El cuestionamiento como primer paso. La capacidad de concebirme como un sujeto en constante relación con su entorno, un mundo en constante movimiento, un mundo atiborrado de datos, un mundo real.

Apoyo la idea que dice la curiosidad mató al gato. De niño yo quería hacer videojuegos, crear pequeños mundos contenidos en una especie de entornos artificiales, no entendía como los cuadros de la pantalla podían generar imágenes, movimiento, monstruos, karatazos, patos, alcantarillas, entre otras, también quería ser alpinista para cruzar obstáculos en la montaña, también quería ser astronauta para pisar la luna, y también quería ser una tortuga Ninja. Estaba seguro que podía ser todas ellas una misma realidad.
Un dato relevante. En mi infancia no tenía prohibiciones de ningún tipo. Es decir, podía jugar videojuegos de asesinatos, infiernos, zombies, balazos y de la misma manera ver películas de cualquier índole. La única prohibición eran los Thundercarts porque Munra era del Diablo. Mi madre me prohibía esa caricatura, pero me dejaba jugar Shadowman y andar por manicomios llenos de espíritus que no habían podido cruzar al cielo porque en vida habían hecho alguna atrocidad.

Estos hechos, poco a poco me permitieron la posibilidad de mirar un mundo fragmentado. El tiempo no era lineal, sino relacional, y por supuesto lleno de potencialidad. Al principio era capaz de percatarme sobre los diferentes escenarios en mi vida, pero luego me entretenía mezclando la realidad. Me divertía jugando con todo tipo de posibilidad a mi alcance: zombies con bisteces, basukazos a la hermana, Remi chillando por el payaso Eso, perritos biónicos, fantasmas digitales, playmovils con armas del supenintendo. En suma tenía el tiempo del reloj, el tiempo simbólico y mi tiempo imaginario. Un tiempo cuyo espacio me permitía construir cualquier imagen sin problemas.

Con la llegada de los ordenadores, la idea de la fusión de ideas no me pareció ajena. Aquellos objetos tenían tiempos simultáneos: escritorio virtual, carpetas, Tom Rider, Príncipe de Persia, ruidos medio raros, bocinas integradas, y adultos cuidando sus cosas, porque mi tío era demasiado especial, pero me tenía al tanto de las novedades del mundo de la tecnología, en ese sentido era un niño a mitad de un parque de diversiones.

Con estos datos arrojados puedo afirmar mi amor a la tecnología o mi afectividad con el objeto. La idea de objetos que están en constante actualización o la posibilidad de insertar cartuchos dentro de aparatos es fascinante. El código abierto es un ejemplo claro de la construcción de la cultura, una comunidad con un fin en común se agrupa y el código está abierto para su manipulación. Estoy convencido que las culturas que no permitan aperturas de apropiación cultural, estarán destinadas a la extinción. Un diccionario que no es abierto y sus palabras no son tomadas, esas palabras simplemente dejan de existir, sino me creen, pregúntenle al latín.

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